sábado, 20 de agosto de 2011

Diarios transandinos 1: de Buenos Aires a Santa Cruz de la Sierra


Partí de Buenos Aires un jueves 7 de julio. Eran las 7 de la mañana y salí de aquella casa al aire gélido y contaminado de la calle, cargando mis futuros compañeros materiales de viaje. Cerré la puerta con contundencia, y me puse a caminar. Me dirigí al subte, la ciudad despertaba bajo un sol marciano, tenue y frío, casi gris. Entre vaho, con todas las energías que pude concentrar, llegué a la estación de Retiro. Me registré y me senté frente a la dársena. En 30 minutos saldría el óminbus. Me puse a pensar bien profundo, mientras esperaba y desayunaba de mi mate (otro buen compañero de viaje) y unas facturitas.

Atrás dejaba un buen cúmulo de personas, sucesos, experiencias. El invierno ya no perdonaba.
La noche anterior había hecho mi último examen de la universidad. Salí escopetado de la misma, trasladé unos bártulos a la casa de al lado, cené y, agotado, hice mis últimos apuntes y preparativos de viaje frente a una compu. Aquella noche me metí en la cama con mucha ropa, turbante, mitones, y casi gorro. Menos dos marcaba la calle. Apenas podía dormir un par de horas, pero no sólo por el frío. No obstante, estaba todo más que preparado. Fruto de las últimas intensas semanas, de las ocurrencias de esos meses, o de toda una vida, que te hace elegir los destinos, a veces, sin saber muy bien por qué. Sin poder cerrar los ojos, repasaba los últimos cuatro meses y, ya pasados, vi muchas cosas que quizás no detecté en su momento. Pero ahora sí, ese era mi momento. Mañana cambiarían muchas cosas, y habría de tener los sentidos bien abiertos.

Una semana antes mi bici y yo habíamos pasado furtivamente por la estación de Retiro, de camino al entrenamiento en Núñez, y tomamos aquella decisión. La opción más directa y una barata, que me catapultara a donde yo quería llegar. Pues eso: bus directo a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Las supuestas 36 horas de viaje no iban a doler si había determinación, y esta hervía a borbotones.

9.15 de la mañana "despegaba" el ómnibus de Flechabus. Tráfico porteño normal, y a la hora estaríamos en Liniers. Mientras, mi mate y yo, mirando por la ventana, desde la Villa 31, por la Costanera, hasta los barrios residenciales y variopintos que quedan a los lados de General Paz, dentro y fuera de Capital Federal. Liniers es un barrio de gran cantidad de población boliviana y peruana, principalmente. Así, al dejar aquella segunda estación, en el bus éramos unos 30 bolivianos, 20 peruanos, y uno que no se sabe. Todos de camino a sus hogares, vía terrestre.

Enfilamos la carretera Panamericana en su nacimiento, y comenzaba la prueba de fuego. Yo convidando mate al personal, y observando mucho, siempre observando. Por la ventana, la pampa hasta Rosario, el Paraná a veces asomaba. Dentro, cada persona tenía su historia. Y como el tiempo es oro, y a mí me iba a sobrar, me puse a leer y a escribir, sin parar más que para mirar a través del vidrio. Estar ahí sentado, con tanto tiempo por delante, es una sensación nueva, extraña, y por definición, paciente, esperanzadora. El Sol avanzaba hacia el zénit, y paramos a almorzar. En estas rutas, la empresa de bus tiene acuerdos o contratos con los restaurantes de carretera, y nos bajamos y como ovejitas nos llevan a una mesa reservada a nombre del bus. Muy frío. Cada uno va no a comer, sino a alimentarse, mirando el plato sin levantar los ojos. El comedor lleno de gente viajando, de grupos, de familias. Creo que soy el único que mantiene la mirada levantada, con interés. Pero no me extraño ni me asombro, hace tiempo que me encuentro en mi salsa, y cruzar otras fronteras no me impone. La gente sigue engullendo lo que será para muchos de nosotros desayunoalmuerzoycena de las próximas semanas: arroz con pollo y papas. Si acaso un tomatito y una hoja de lechuga...p'adentro!

Seguimos trayecto, atravesar Rosario es como un regimiento doloroso de ladillas: 2 horas a 10 km/h, al sol, y entre terribles villas, suburvios, desconocidos o ignorados, de los que ningún rosarino se atrevería a presumir... Remordimiento por la incoherencia de dejar todo esto atrás.

La tarde avanza y nuestras ruedas ya van por el millonésimo giro. Yo sigo devorando libros, escribiendo, reflexionando sobre los últimos meses, mientras la pampa asciende ligeramente. En Rosario abandonábamos la ruta 9, y atajábamos por la 34, hacia Salta, vía Santiago del Estero. Me aguanto el sueño y la modorra entre párrafos y párrafos, leo y releo mis apuntes para los destinos siguientes. Van por la cuarta película, y a veces no es posible ignorarla, todas son malísimas y violentas, y las 8 que veríamos en el viaje serían igual de sádicas, de tiros. Pero mi cerebro necesita por instantes estupidizarse.

Va cayendo el Sol con la oscuridad llega la parada para la cena. Mismo panorama: restaurante y cena...(¡adivinen qué!) Está jugando Bolivia las eliminatorias para la copa américa, acá cerca, en Córdoba. Si la eliminan se van a poner de mala leche esta gente hasta en la frontera...y así fue. Conozco a unos cuanto peruanos, que para más inri van hasta el norte del Perú, Chiclayo, Trujillo...les quedan casi cuatro días de viaje. Conversamos alegremente, escucho los primeros "tú" y "eres" en mucho tiempo.
- "¿Tú de dónde eres?"
- (Eh...a ver...vengo de Buenos Aires, vivo allá, pero voy a Perú donde está la familia, pero nací en Madrid, crecí en... bah...) "De Buenos Aires."
- "Ah. ¿Y adónde vas?"
- "A Lima."
- "Ah."
Así es más sencillo. Pocas palabras, gran costumbre andina, y futuro próximo en el viaje. Otra costumbre que de inmediato me hace sentirme más boliviano que nadie: si en Argentina el deporte nacional es HABLAR, en Bolivia es COMER. Y por momentos prefiero lo segundo, así que me espera un lindo viaje.

Ahora sí, el corral vuelve al bus, y partimos hacia San Miguel de Tucumán...sigo leyendo, hasta que sucumbo... Mi despertar de un profundísimo sueño fue surrealista. 3AM, hemos llegado a la sierra, a Tucumán. Las luces están todas prendidas, y dos mojas me sonrien extrañamente. Se escuchan ruidos de maletas ahí fuera. Estoy sentado en su sitio porque el bus iba vacío... Para colmo, la compañera boliviana me había endiñado aquella valija, así que tengo que salir, bien dormido, al frío, para colocar una maleta de 30 kilos. Por cierto, que el aire ahí fuera es mucho más puro, no que el de Buenos Aires, sino que en el interior de la cabina, donde ya se respira a humanidad...pero nos queda "un poquito no más" de viaje. Se ha llenado el bus, y sube una señora con su hija de unos 30, con quienes entablo conversación antes de dormir, y durante el resto de kilómetros. Tucumanas. La bebita que estaba un asiento atrás se despierta, se está portando muy bien todo el viaje, pero ya está cansada (más lo que queda...). Viaja sólo su madre con ella, esta cargada con la niña, carrito, y cuatro valijas. Yo me encargo de conseguirle agua caliente o tibia para los biberones de la niña, que es bien linda. Van a encontrarse con su familia a Santa Cruz, pero desde Mar del Plata, por lo que a su viaje hay que sumarle otras 6 horas... Pasaría el día siguiente conversando con ellas, con las tucumanas, con otra cruceña de mi edad, con una pareja cochabambina quienes, ya por aburrimiento, recurrirían a mi biblioteca portátil... Una especia de “Autopista del Sur” de Cortázar, dentro de la cabina. Pero "cebar" el biberón de aquella nena me salvaría mi vida...me salvaría un tanto, pasadas 20 horas que nos quedaban. El silencio y la oscuridad se hacen en el bus otra vez.

Amanecemos sin darnos cuenta en mitad de los andes argentinos. Estamos entre la provincia de Salta y la de Jujuy, extremo septentrional de la Argentina. El panorama ha cambiado (hace 24 horas que dejamos Buenos Aires...). El clima es seco, soleado, de sierra, no muy alto pues no se nota el efecto de la altura. Paramos en Ledesma (provincia de Jujuy) a estirar las piernas. Otro termo lleno para que la bebita tome su lechesita caliente. Estamos a sólo 3 horas de la frontera. Atrás quedó Salta y el desvío hacia el paso fronterizo más concurrido y occidental de los 3 que hay entre Argentina y Bolivia, La Quiaca – Villazón. Nosotros avanzamos hacia el paso más oriental, Salvador Mazza (Pocitos) – Yacuiba. Bien despierto ya, me dedico a seguir leyendo e intercalar párrafos con miradas ahí fuera, ese panorama a veces penoso con el aliciente rural, y vuelve esa sensación que sería una constante de estar dejando demasiadas luchas atrás. La provincia de Jujuy es fácil de imaginar: más o menos boscosa, seca pero con lluvia a veces, cieeentos de motos y ciclomotores por las calles y carreteras, poblaciones pegadas a la autopista, y el horizonte siempre rugoso y contorneado. Llegamos a Pocitos, donde paramos a almorzar, y comienzan los trámites aduaneros. Nos encierran como ratitas en el bus, a modo de avión hermetizado, nos piden los pasaportes unas cuantas veces, mientras la modorra post-almuerzo me fulmina. Por fin hay que salir a hacer el trámite en los dos lados de la frontera. No dejan de escucharse bromas acerca de la derrota de Bolivia frente a Costa Rica, anoche. “Los que iban con Costa Rica, que pasen por acá”, bromea un agente de la policía boliviana. Un tipo de nuestro bus es espectacularmente parecido al presidente de su país... “paso al presidente...!” bromean sus compañeros de viaje. Parece que soy el único “piola” que lleva una birome (bolígrafo, un simple bic...) conmigo, así que éste escribe los datos en las tarjetas migratorias de todo el personal. Al fondo, ya en Yacuiba (Bolivia) se ve un profundo pasillo entre edificios y puestos destartalados... (¿por ahí entra el bus?). Se hizo pesado, pero con tanto peruano bromista esperando llegar a casa, siempre encontrás con qué pasar mejor el tiempo, risas intrascendentes. Nos meten como ovejitas de vuelta en el bus...¡y el bus pasa la frontera por fin!

Cruzamos el puente y pasamos por el mencionado pasillo, que otros cruzan a pie. El río que hace frontera queda atrás y los colores cambian de blanco y azul a rojo, amarillo y verde. A mi altura asoman decenas de cabezas en su quehacer diario: venta, venta y más venta. Parece que hay de todo en este mercado furtivo con el que Bolivia te da la bienvenida. Ya llegué hasta acá...pero no es más que una frontera, y es esa misma la que ha hecho que la configuración étnica se fuera de una manera concreta a lo largo de las últimas generaciones. Pero algo me dice que, de aquí en adelante, me voy a sentir en mi salsa...y así fue.

Dejo la lectura y la escritura, y antes de dormirme dos profundas horas, comienza una entretenida conversación con las mujeres tucumanas, las monjas tucumanas, la abuela limeña que siempre fue delante de mí bien calladita, las dos cruceñas, etc. Se acerca el segundo atardecer del viaje: normal que todos seamos ya amigos! (o eso o habernos matado entre nosotros hace ya rato). Cae el sol y es curioso: hacia el oeste se observa claramente cómo la sierra viene de bien arriba. Hacia el este se ve el final de dicha bajada, un horizonte claro, verde, oscureciéndose, y todo el discurrir de la superficie hacia tierras guaraníes: chaco o selva amazónica. Paraguay y brasil quedan a una distancia del orden de cien kilómetros. Estamos atravesando la ceja de selva boliviana, y el paisaje se vuelve ligeramente más tropial. Pasamos por Camiri (ya en la provincia de Santa Cruz) tras abandonar la de Tarija. Pero aquella es de gran tamaño, y quedan 5 horas hasta la capital. Caigo muerto de sueño, pero lo peor es que llevamos unas 34 horas de viaje...y comienza a doler de verdad el poto.

Entre sueños bien desorientados, con un ojo casi abierto y el otro en un profundo sueño, siento estar entrando en una gran urbe. No es para menos: estamos llegando a Santa Cruz de la Sierra, de más de 2 millones de habitantes. Hasta el día siguiente no podría “saborear” su particular caos. Me avisa mi amiga la mamá de la beba de que estamos llegando a su ciudad. Ella está agotada pero no dormía por la emoción, está muy contenta e impaciente por llegar. Pongo el modo “viajero con adrenalina” ON y busco la manera de meter en la mochila el termo, las mantas, el cojín, lo poco que queda de comida, junto con los documentos y esta biblioteca de viaje que no es nada liviana. Mientras, veo las luces que anuncian tan cercano destino. Llevamos más de 4 horas de retraso, son las 00.30 (hora boliviana) del día 9 de julio. Es gracioso: la actitud de todos los pasajeros cambia por asimilar que ya no tiene que soportar sentados ni una hora más. Sin pena ni gloria, tras recorrer más de 2400 kilómetros durante 40 horas, nuestro ómnibus ingresa en la terminal de Santa Cruz, donde ya no queda casi vida. Salir al exterior tras tanto tiempo es toda una experiencia. El caos alrededor de nuestro bus hace que respire hondo y me diga: “siiiin prisa, tendrás tu mochila cuando toque”. Por supuesto, estaba escondida la última, al fondo de la bodega...y mientras familias se encuentran tras a saber cuántos meses, yo observo y comienzo a mimetizarme, a fijarme en cómo muchos pequeños detalles cambian frente a la cultura de la que ahora vengo. “Maestro, la naranja y gris del fondo...cuidadito que está malograda”.

Nos damos los contactos entre los del “piso de abajo crew”. Había plan de ir de juerga con la tucumana y sus primos esa noche...pero el retraso y sobrestimar nuestro aguante nos engañaron, y queda en un “hasta mañana”.

¿Tenés dónde parar? - me pregunta la madre de la nena, tras presentarme ilusionada a su marido, mi “tocayo”, Alexander. Se ofrecen a llevarme y nos embutimos en su auto, con otros dos tíos de la bebita. Antes, me despido en la dársena, casi con pena, de estos primeros compañeros de viaje...un trayecto inolvidable. A pesar del agotamiento, mis ojos están bien despiertos y atentos, aunque la ciudad está más que dormida. Mañana entendería por qué: despierta a las 4 ó 5 de la mañana. La familia está bien feliz de haberse encontrado, y tras llevarme a un par de hostales porque el primero me dejó más colgado que las pelotas de un camello, se copan tanto que me llevan otra vez a la zona de hostales de la terminal, más allá, por el cuarto anillo (Santa Cruz se organiza en “anillos”, que se usan de referencia siempre, y son sencillamente circunvalaciones que dividen de forma concéntrica la ciudad: por ejemplo, el casco histórico está dentro del primer anillo). Más que suficiente, sólo quiero una cama y ellos me entienden a la perfección. Me dejan amablemente en un residencial y me despido de ellos tras asegurarme por fin una cama. Quedamos en volvernos a ver algún día... (the world is round).

80 bolivianos por la habitación (digo, pesos bolivianos), y suelto las cosas por primera vez en un lugar. Me siento en la cama y el silencio lo invade todo. Me miro y no me creo haber llegado. Me pellizco y me animo a mí mismo a comenzar a preparar todo, cuanto antes. Ordeno y me ducho, tiendo ropa y lo dejo todo listo para salir mañana. Hace una hora pude soslayar la plaza 24 de septiembre (casco antiguo, catedral, etc.) desde el coche, y sin embargo, tomo una decisión acerca de qué hacer mañana: el casco antiguo de Santa Cruz tendrá que esperar. Escribo, estoy bien fresco todavía. Me pongo boca arriba, me tapo y apago la luz.

Abro los ojos, miro al techo fijamente. Intento controlar una vez más la excitación tan infantil por estar donde estoy, por ver hasta dónde he llegado ya y sobre todo por lo que queda por delante. Respiro hondo, me relajo, me digo muchas cosas en silencio. Sólo cuando me reconcilio conmigo mismo cierro los ojos. Mañana será un gran día.


viernes, 5 de agosto de 2011

Tres gallegos más en Baires

Maria del Carmen, Marco Antonio y Julio aterrizan conmigo en el aeropuerto internacional de Ezeiza en una fría pero soleada tarde de invierno bonaerense. Atrás queda la querida Lima, la extrañada patria. Familia, amigos, y doce intensos días de turismo, gastronomía y más y más observación.

El vuelo resulta ser bien extraño, de esos vuelos de ida únicamente que lo desubican a uno. Poco después de despegar de Lima el sol vuelve a aparecer, y bajo nosotros se extendía una densa capa de nubes bajas que cubren todo el desierto que es la costa peruana, para toparse e interrumpirse con los Andes a tan sólo unos pocos kilómetros de la costa. Rumbo al sureste, sobrevolamos la costa peruana, península de Paracas, más y más desierto, las provincias de Atacama y Antofagasta en Chile (desierto de Atacama), y entonces comienza otro "cruce de los Andes" (nada que ver con el de San Martín...). Montañas áridas,secas, hostiles y absolutamente deshabitadas se extienden. A veces rocosas, a veces arenosas, otras tantas nevadas, quebradas y cañones marrones, rosados, y siempre a una altitud que acaricia la panza del avión. Los Andes argentinos descienden rápidamente hasta Tucumán, para extenderse sobre La Pampa hasta Rosario y Buenos Aires... touchdown.

Argentina nos recibe tal como la abandoné, acá sigue. Rápidos trámites aeroportuarios, y el colectivo de los trabajadores al atardecer, rumbo a Capital Federal. Dos horas y llegamos a casa, primer contacto con la gran ciudad. Nos acomodamos y salimos a por algo para "morfar", unas ricas pizzas en Güerrín. La ciudad sigue teniendo esas calles oscuras, y esos espectáculos urbanos al final del día que muestran una civilización decadente o, cuando menos, poco reflexiva y autocrítica. Esta urbe no ha perdido ni un ápice de su crudeza, de su hostilidad, y los fantasmas resurgen.

Tras un lamentable episodio con la puerta de entrada a la casa (y de jodernos de frío y de angustia, sin un mango ni documentación), conseguimos acceder y dormir...pero ya habíamos provocado la hecatombe de quien precisamente no quiere llamar la atención con su llegada...algún día será recordado como una anécdota, calculo. Lo importante es no pasarlo mal, no sufrir. Superamos el frío por esta noche, que promete amainar en los próximos días.

Amanezco con dolores de cargar maletas (y de los golpes en Limp Bizkit, por qué no admitirlo). Facturitas y fruta con los 15 pesos que nos quedan, y tras unos mates surco el microcentro en bici para hacer trámites. Sigue tan feo y violento como siempre. Organizamos recorrido urbano, preparo mi clase y hacemos una lista de edificios que ver, mercados, calles, zonas, etc. Ah, y unas cuantas opciones de teatros para la noche.

Por fin, salimos, y la ciudad nos recibe ya terminada la mañana con un rico sol, a pesar de la humedad. San Telmo nos espera y nos regala un agradable paseo, una visita a Mafalda, unos sandwiches de milanesa, empanadas y tartas; mercados, pasajes, fachadas que contrastan entre ellas (unas majestuosas, otras abandonadas y derruidas), anticuarios, adoquines asesinos, cafés, plazas, y siempre, siempre, una apresurada conversación propia de quien recién descubre algo nuevo y quiere compartir sus impresiones, y quien guía y quiere mostrar su actual hábitat y vomitar más y más datos y detalles sobre la ciudad y el país.

Arribamos a la mítica plaza de Mayo, con todo lo que la rodea, y las calles que de ella parten (para mí, impresionante y sencilla idea urbanística). Visitamos a Pepe de San Martín en su tumba de la Catedral Metropolitana, cambio de guardia incluído, y mientras el sol comienza a bajar, nos deslizamos dentro del microcentro. Es hora punta de salida del laburo y se aprecia perfectamente y a la primera las características  de la actividad en esta zona en la que tanto falta el aire. Pero este paseo es el más agradable que nunca me di por microcentro, sin duda. Dejando un imperio atrás, pasamos a otro. Al salir de la jungla de cristal queda Puerto Madero antes del río... y este imperio no tiene nada que ver con la ciudad. Todo un puerto con muelles, barcos, un trazado moderno, pavimento cuidado y edificios más modernos aún, los restaurados docks y más y más rascacielos que conforman ese skyline porteño que puede apreciarse desde el río o sobrevolando este al llegar de Europa o del Uruguay. Parece que les ha gustado hasta el Puente de la Mujer a estos gallegos. Atardece detrás de toda la ciudad que venimos dejando atrás, y el cielo ya teñido se combina con estas masas de acero y vidrio iluminadas.

Me separo un toque para arreglar asuntos académicos en el ITBA, primera clase del cuatrimestre. Todo se revive ahora...qué duro es volver. Como mi profesor debía terminar antes para ir al teatro, pues, por qué no, yo también, así que le doy el alcance a mi familia en el teatro San Martín, en plena Corrientes en ebullición... Compartimos un interesantísimo salón de actos con la ministra española de cultura (no es broma, creo que en España hay vacaciones en agosto, me han comentado) y asistimos a la obra "Los hijos se han dormido", basada en "La Gaviota" de Anton Chèjov". Sin palabras, esto SÍ es una obra de teatro...

Salimos de la sala con las emociones a flor de piel, y la avenida está más viva e iluminada que nunca... Avanzamos hasta el Obelisco, símbolo de la ciudad de Buenos Aires desde que termino de construirse en 1936, y en Avenida de Mayo, en un restaurante teatral, cenamos un buen asado con guarnición, provoleta y berenjenas rellenas acompañados de Quilmes en abundancia. A nuestro alrededor, porteños cenan y (cómo no...) conversan sin descanso durante lo que es la noche porteña de un viernes porteño cualquiera. Saciados, parece que la conversación se nos ha contagiado de los argentinos...jaja.

Caminito por el barrio hasta casa, esta vez sin sobresaltos, y termina un corto pero muy intenso día de toma de contacto diurno y de familiarizarse con la ciudad y su manejo, nada complejo pero con sus detalles y sus reglas bien definidas, muy peculiares algunas.

A que la almohada nos recargue fuerzas, porque la sed de cultura y conocer más y más de los mil recovecos en esta enorme ciudad va a tener sus frutos y consecuencias este fin de semana, que, como todo, es cuando la ciudad florece sea cual sea la estación.

A los nuevo gashegos les llama la atención las conversaciones que se repiten en cada esquina entre porteños, las desigualdades urbanísticas, los descuidos como el abandono de edificios y la igualmente triste suciedad de muchas calles. Los semáforos en la acera de enfrente de los autos, las calles en un sentido único, el encanto de algunas fachadas y algunos cafés, la comida para llevar y los delivery's (envío a casa) de casi cualquier cosa que pueda venderse (desde una pizza hasta un ramo de flores, pasando por un libro o pescado fresco de la pescadería); y otras tantas cosas que se vuelven cotidianas y parte de la vida diaría asimilada tras haber pasado una temporada aquí.

Por hoy me despido con un maravilloso momento del día, en una disquería-librería cualquiera de este tramo de la avenida Corrientes que se asemeja a Brodway Avenue de Manhattan. Conocen Ben E. King y Bob Marley, ¿verdad? ¿Pero los conocen bien, bien bien? Pues no se pierdan esto.