Partí de Buenos Aires un jueves 7 de julio. Eran las 7 de la mañana y salí de aquella casa al aire gélido y contaminado de la calle, cargando mis futuros compañeros materiales de viaje. Cerré la puerta con contundencia, y me puse a caminar. Me dirigí al subte, la ciudad despertaba bajo un sol marciano, tenue y frío, casi gris. Entre vaho, con todas las energías que pude concentrar, llegué a la estación de Retiro. Me registré y me senté frente a la dársena. En 30 minutos saldría el óminbus. Me puse a pensar bien profundo, mientras esperaba y desayunaba de mi mate (otro buen compañero de viaje) y unas facturitas.
Atrás dejaba un buen cúmulo de personas, sucesos, experiencias. El invierno ya no perdonaba.
La noche anterior había hecho mi último examen de la universidad. Salí escopetado de la misma, trasladé unos bártulos a la casa de al lado, cené y, agotado, hice mis últimos apuntes y preparativos de viaje frente a una compu. Aquella noche me metí en la cama con mucha ropa, turbante, mitones, y casi gorro. Menos dos marcaba la calle. Apenas podía dormir un par de horas, pero no sólo por el frío. No obstante, estaba todo más que preparado. Fruto de las últimas intensas semanas, de las ocurrencias de esos meses, o de toda una vida, que te hace elegir los destinos, a veces, sin saber muy bien por qué. Sin poder cerrar los ojos, repasaba los últimos cuatro meses y, ya pasados, vi muchas cosas que quizás no detecté en su momento. Pero ahora sí, ese era mi momento. Mañana cambiarían muchas cosas, y habría de tener los sentidos bien abiertos.
Una semana antes mi bici y yo habíamos pasado furtivamente por la estación de Retiro, de camino al entrenamiento en Núñez, y tomamos aquella decisión. La opción más directa y una barata, que me catapultara a donde yo quería llegar. Pues eso: bus directo a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Las supuestas 36 horas de viaje no iban a doler si había determinación, y esta hervía a borbotones.
9.15 de la mañana "despegaba" el ómnibus de Flechabus. Tráfico porteño normal, y a la hora estaríamos en Liniers. Mientras, mi mate y yo, mirando por la ventana, desde la Villa 31, por la Costanera, hasta los barrios residenciales y variopintos que quedan a los lados de General Paz, dentro y fuera de Capital Federal. Liniers es un barrio de gran cantidad de población boliviana y peruana, principalmente. Así, al dejar aquella segunda estación, en el bus éramos unos 30 bolivianos, 20 peruanos, y uno que no se sabe. Todos de camino a sus hogares, vía terrestre.
Enfilamos la carretera Panamericana en su nacimiento, y comenzaba la prueba de fuego. Yo convidando mate al personal, y observando mucho, siempre observando. Por la ventana, la pampa hasta Rosario, el Paraná a veces asomaba. Dentro, cada persona tenía su historia. Y como el tiempo es oro, y a mí me iba a sobrar, me puse a leer y a escribir, sin parar más que para mirar a través del vidrio. Estar ahí sentado, con tanto tiempo por delante, es una sensación nueva, extraña, y por definición, paciente, esperanzadora. El Sol avanzaba hacia el zénit, y paramos a almorzar. En estas rutas, la empresa de bus tiene acuerdos o contratos con los restaurantes de carretera, y nos bajamos y como ovejitas nos llevan a una mesa reservada a nombre del bus. Muy frío. Cada uno va no a comer, sino a alimentarse, mirando el plato sin levantar los ojos. El comedor lleno de gente viajando, de grupos, de familias. Creo que soy el único que mantiene la mirada levantada, con interés. Pero no me extraño ni me asombro, hace tiempo que me encuentro en mi salsa, y cruzar otras fronteras no me impone. La gente sigue engullendo lo que será para muchos de nosotros desayunoalmuerzoycena de las próximas semanas: arroz con pollo y papas. Si acaso un tomatito y una hoja de lechuga...p'adentro!
Seguimos trayecto, atravesar Rosario es como un regimiento doloroso de ladillas: 2 horas a 10 km/h, al sol, y entre terribles villas, suburvios, desconocidos o ignorados, de los que ningún rosarino se atrevería a presumir... Remordimiento por la incoherencia de dejar todo esto atrás.
La tarde avanza y nuestras ruedas ya van por el millonésimo giro. Yo sigo devorando libros, escribiendo, reflexionando sobre los últimos meses, mientras la pampa asciende ligeramente. En Rosario abandonábamos la ruta 9, y atajábamos por la 34, hacia Salta, vía Santiago del Estero. Me aguanto el sueño y la modorra entre párrafos y párrafos, leo y releo mis apuntes para los destinos siguientes. Van por la cuarta película, y a veces no es posible ignorarla, todas son malísimas y violentas, y las 8 que veríamos en el viaje serían igual de sádicas, de tiros. Pero mi cerebro necesita por instantes estupidizarse.
Va cayendo el Sol con la oscuridad llega la parada para la cena. Mismo panorama: restaurante y cena...(¡adivinen qué!) Está jugando Bolivia las eliminatorias para la copa américa, acá cerca, en Córdoba. Si la eliminan se van a poner de mala leche esta gente hasta en la frontera...y así fue. Conozco a unos cuanto peruanos, que para más inri van hasta el norte del Perú, Chiclayo, Trujillo...les quedan casi cuatro días de viaje. Conversamos alegremente, escucho los primeros "tú" y "eres" en mucho tiempo.
- "¿Tú de dónde eres?"
- (Eh...a ver...vengo de Buenos Aires, vivo allá, pero voy a Perú donde está la familia, pero nací en Madrid, crecí en... bah...) "De Buenos Aires."
- "Ah. ¿Y adónde vas?"
- "A Lima."
- "Ah."
Así es más sencillo. Pocas palabras, gran costumbre andina, y futuro próximo en el viaje. Otra costumbre que de inmediato me hace sentirme más boliviano que nadie: si en Argentina el deporte nacional es HABLAR, en Bolivia es COMER. Y por momentos prefiero lo segundo, así que me espera un lindo viaje.
Ahora sí, el corral vuelve al bus, y partimos hacia San Miguel de Tucumán...sigo leyendo, hasta que sucumbo... Mi despertar de un profundísimo sueño fue surrealista. 3AM, hemos llegado a la sierra, a Tucumán. Las luces están todas prendidas, y dos mojas me sonrien extrañamente. Se escuchan ruidos de maletas ahí fuera. Estoy sentado en su sitio porque el bus iba vacío... Para colmo, la compañera boliviana me había endiñado aquella valija, así que tengo que salir, bien dormido, al frío, para colocar una maleta de 30 kilos. Por cierto, que el aire ahí fuera es mucho más puro, no que el de Buenos Aires, sino que en el interior de la cabina, donde ya se respira a humanidad...pero nos queda "un poquito no más" de viaje. Se ha llenado el bus, y sube una señora con su hija de unos 30, con quienes entablo conversación antes de dormir, y durante el resto de kilómetros. Tucumanas. La bebita que estaba un asiento atrás se despierta, se está portando muy bien todo el viaje, pero ya está cansada (más lo que queda...). Viaja sólo su madre con ella, esta cargada con la niña, carrito, y cuatro valijas. Yo me encargo de conseguirle agua caliente o tibia para los biberones de la niña, que es bien linda. Van a encontrarse con su familia a Santa Cruz, pero desde Mar del Plata, por lo que a su viaje hay que sumarle otras 6 horas... Pasaría el día siguiente conversando con ellas, con las tucumanas, con otra cruceña de mi edad, con una pareja cochabambina quienes, ya por aburrimiento, recurrirían a mi biblioteca portátil... Una especia de “Autopista del Sur” de Cortázar, dentro de la cabina. Pero "cebar" el biberón de aquella nena me salvaría mi vida...me salvaría un tanto, pasadas 20 horas que nos quedaban. El silencio y la oscuridad se hacen en el bus otra vez.
Amanecemos sin darnos cuenta en mitad de los andes argentinos. Estamos entre la provincia de Salta y la de Jujuy, extremo septentrional de la Argentina. El panorama ha cambiado (hace 24 horas que dejamos Buenos Aires...). El clima es seco, soleado, de sierra, no muy alto pues no se nota el efecto de la altura. Paramos en Ledesma (provincia de Jujuy) a estirar las piernas. Otro termo lleno para que la bebita tome su lechesita caliente. Estamos a sólo 3 horas de la frontera. Atrás quedó Salta y el desvío hacia el paso fronterizo más concurrido y occidental de los 3 que hay entre Argentina y Bolivia, La Quiaca – Villazón. Nosotros avanzamos hacia el paso más oriental, Salvador Mazza (Pocitos) – Yacuiba. Bien despierto ya, me dedico a seguir leyendo e intercalar párrafos con miradas ahí fuera, ese panorama a veces penoso con el aliciente rural, y vuelve esa sensación que sería una constante de estar dejando demasiadas luchas atrás. La provincia de Jujuy es fácil de imaginar: más o menos boscosa, seca pero con lluvia a veces, cieeentos de motos y ciclomotores por las calles y carreteras, poblaciones pegadas a la autopista, y el horizonte siempre rugoso y contorneado. Llegamos a Pocitos, donde paramos a almorzar, y comienzan los trámites aduaneros. Nos encierran como ratitas en el bus, a modo de avión hermetizado, nos piden los pasaportes unas cuantas veces, mientras la modorra post-almuerzo me fulmina. Por fin hay que salir a hacer el trámite en los dos lados de la frontera. No dejan de escucharse bromas acerca de la derrota de Bolivia frente a Costa Rica, anoche. “Los que iban con Costa Rica, que pasen por acá”, bromea un agente de la policía boliviana. Un tipo de nuestro bus es espectacularmente parecido al presidente de su país... “paso al presidente...!” bromean sus compañeros de viaje. Parece que soy el único “piola” que lleva una birome (bolígrafo, un simple bic...) conmigo, así que éste escribe los datos en las tarjetas migratorias de todo el personal. Al fondo, ya en Yacuiba (Bolivia) se ve un profundo pasillo entre edificios y puestos destartalados... (¿por ahí entra el bus?). Se hizo pesado, pero con tanto peruano bromista esperando llegar a casa, siempre encontrás con qué pasar mejor el tiempo, risas intrascendentes. Nos meten como ovejitas de vuelta en el bus...¡y el bus pasa la frontera por fin!
Cruzamos el puente y pasamos por el mencionado pasillo, que otros cruzan a pie. El río que hace frontera queda atrás y los colores cambian de blanco y azul a rojo, amarillo y verde. A mi altura asoman decenas de cabezas en su quehacer diario: venta, venta y más venta. Parece que hay de todo en este mercado furtivo con el que Bolivia te da la bienvenida. Ya llegué hasta acá...pero no es más que una frontera, y es esa misma la que ha hecho que la configuración étnica se fuera de una manera concreta a lo largo de las últimas generaciones. Pero algo me dice que, de aquí en adelante, me voy a sentir en mi salsa...y así fue.
Dejo la lectura y la escritura, y antes de dormirme dos profundas horas, comienza una entretenida conversación con las mujeres tucumanas, las monjas tucumanas, la abuela limeña que siempre fue delante de mí bien calladita, las dos cruceñas, etc. Se acerca el segundo atardecer del viaje: normal que todos seamos ya amigos! (o eso o habernos matado entre nosotros hace ya rato). Cae el sol y es curioso: hacia el oeste se observa claramente cómo la sierra viene de bien arriba. Hacia el este se ve el final de dicha bajada, un horizonte claro, verde, oscureciéndose, y todo el discurrir de la superficie hacia tierras guaraníes: chaco o selva amazónica. Paraguay y brasil quedan a una distancia del orden de cien kilómetros. Estamos atravesando la ceja de selva boliviana, y el paisaje se vuelve ligeramente más tropial. Pasamos por Camiri (ya en la provincia de Santa Cruz) tras abandonar la de Tarija. Pero aquella es de gran tamaño, y quedan 5 horas hasta la capital. Caigo muerto de sueño, pero lo peor es que llevamos unas 34 horas de viaje...y comienza a doler de verdad el poto.
Entre sueños bien desorientados, con un ojo casi abierto y el otro en un profundo sueño, siento estar entrando en una gran urbe. No es para menos: estamos llegando a Santa Cruz de la Sierra, de más de 2 millones de habitantes. Hasta el día siguiente no podría “saborear” su particular caos. Me avisa mi amiga la mamá de la beba de que estamos llegando a su ciudad. Ella está agotada pero no dormía por la emoción, está muy contenta e impaciente por llegar. Pongo el modo “viajero con adrenalina” ON y busco la manera de meter en la mochila el termo, las mantas, el cojín, lo poco que queda de comida, junto con los documentos y esta biblioteca de viaje que no es nada liviana. Mientras, veo las luces que anuncian tan cercano destino. Llevamos más de 4 horas de retraso, son las 00.30 (hora boliviana) del día 9 de julio. Es gracioso: la actitud de todos los pasajeros cambia por asimilar que ya no tiene que soportar sentados ni una hora más. Sin pena ni gloria, tras recorrer más de 2400 kilómetros durante 40 horas, nuestro ómnibus ingresa en la terminal de Santa Cruz, donde ya no queda casi vida. Salir al exterior tras tanto tiempo es toda una experiencia. El caos alrededor de nuestro bus hace que respire hondo y me diga: “siiiin prisa, tendrás tu mochila cuando toque”. Por supuesto, estaba escondida la última, al fondo de la bodega...y mientras familias se encuentran tras a saber cuántos meses, yo observo y comienzo a mimetizarme, a fijarme en cómo muchos pequeños detalles cambian frente a la cultura de la que ahora vengo. “Maestro, la naranja y gris del fondo...cuidadito que está malograda”.
Nos damos los contactos entre los del “piso de abajo crew”. Había plan de ir de juerga con la tucumana y sus primos esa noche...pero el retraso y sobrestimar nuestro aguante nos engañaron, y queda en un “hasta mañana”.
¿Tenés dónde parar? - me pregunta la madre de la nena, tras presentarme ilusionada a su marido, mi “tocayo”, Alexander. Se ofrecen a llevarme y nos embutimos en su auto, con otros dos tíos de la bebita. Antes, me despido en la dársena, casi con pena, de estos primeros compañeros de viaje...un trayecto inolvidable. A pesar del agotamiento, mis ojos están bien despiertos y atentos, aunque la ciudad está más que dormida. Mañana entendería por qué: despierta a las 4 ó 5 de la mañana. La familia está bien feliz de haberse encontrado, y tras llevarme a un par de hostales porque el primero me dejó más colgado que las pelotas de un camello, se copan tanto que me llevan otra vez a la zona de hostales de la terminal, más allá, por el cuarto anillo (Santa Cruz se organiza en “anillos”, que se usan de referencia siempre, y son sencillamente circunvalaciones que dividen de forma concéntrica la ciudad: por ejemplo, el casco histórico está dentro del primer anillo). Más que suficiente, sólo quiero una cama y ellos me entienden a la perfección. Me dejan amablemente en un residencial y me despido de ellos tras asegurarme por fin una cama. Quedamos en volvernos a ver algún día... (the world is round).
80 bolivianos por la habitación (digo, pesos bolivianos), y suelto las cosas por primera vez en un lugar. Me siento en la cama y el silencio lo invade todo. Me miro y no me creo haber llegado. Me pellizco y me animo a mí mismo a comenzar a preparar todo, cuanto antes. Ordeno y me ducho, tiendo ropa y lo dejo todo listo para salir mañana. Hace una hora pude soslayar la plaza 24 de septiembre (casco antiguo, catedral, etc.) desde el coche, y sin embargo, tomo una decisión acerca de qué hacer mañana: el casco antiguo de Santa Cruz tendrá que esperar. Escribo, estoy bien fresco todavía. Me pongo boca arriba, me tapo y apago la luz.
Abro los ojos, miro al techo fijamente. Intento controlar una vez más la excitación tan infantil por estar donde estoy, por ver hasta dónde he llegado ya y sobre todo por lo que queda por delante. Respiro hondo, me relajo, me digo muchas cosas en silencio. Sólo cuando me reconcilio conmigo mismo cierro los ojos. Mañana será un gran día.
