viernes, 5 de agosto de 2011

Tres gallegos más en Baires

Maria del Carmen, Marco Antonio y Julio aterrizan conmigo en el aeropuerto internacional de Ezeiza en una fría pero soleada tarde de invierno bonaerense. Atrás queda la querida Lima, la extrañada patria. Familia, amigos, y doce intensos días de turismo, gastronomía y más y más observación.

El vuelo resulta ser bien extraño, de esos vuelos de ida únicamente que lo desubican a uno. Poco después de despegar de Lima el sol vuelve a aparecer, y bajo nosotros se extendía una densa capa de nubes bajas que cubren todo el desierto que es la costa peruana, para toparse e interrumpirse con los Andes a tan sólo unos pocos kilómetros de la costa. Rumbo al sureste, sobrevolamos la costa peruana, península de Paracas, más y más desierto, las provincias de Atacama y Antofagasta en Chile (desierto de Atacama), y entonces comienza otro "cruce de los Andes" (nada que ver con el de San Martín...). Montañas áridas,secas, hostiles y absolutamente deshabitadas se extienden. A veces rocosas, a veces arenosas, otras tantas nevadas, quebradas y cañones marrones, rosados, y siempre a una altitud que acaricia la panza del avión. Los Andes argentinos descienden rápidamente hasta Tucumán, para extenderse sobre La Pampa hasta Rosario y Buenos Aires... touchdown.

Argentina nos recibe tal como la abandoné, acá sigue. Rápidos trámites aeroportuarios, y el colectivo de los trabajadores al atardecer, rumbo a Capital Federal. Dos horas y llegamos a casa, primer contacto con la gran ciudad. Nos acomodamos y salimos a por algo para "morfar", unas ricas pizzas en Güerrín. La ciudad sigue teniendo esas calles oscuras, y esos espectáculos urbanos al final del día que muestran una civilización decadente o, cuando menos, poco reflexiva y autocrítica. Esta urbe no ha perdido ni un ápice de su crudeza, de su hostilidad, y los fantasmas resurgen.

Tras un lamentable episodio con la puerta de entrada a la casa (y de jodernos de frío y de angustia, sin un mango ni documentación), conseguimos acceder y dormir...pero ya habíamos provocado la hecatombe de quien precisamente no quiere llamar la atención con su llegada...algún día será recordado como una anécdota, calculo. Lo importante es no pasarlo mal, no sufrir. Superamos el frío por esta noche, que promete amainar en los próximos días.

Amanezco con dolores de cargar maletas (y de los golpes en Limp Bizkit, por qué no admitirlo). Facturitas y fruta con los 15 pesos que nos quedan, y tras unos mates surco el microcentro en bici para hacer trámites. Sigue tan feo y violento como siempre. Organizamos recorrido urbano, preparo mi clase y hacemos una lista de edificios que ver, mercados, calles, zonas, etc. Ah, y unas cuantas opciones de teatros para la noche.

Por fin, salimos, y la ciudad nos recibe ya terminada la mañana con un rico sol, a pesar de la humedad. San Telmo nos espera y nos regala un agradable paseo, una visita a Mafalda, unos sandwiches de milanesa, empanadas y tartas; mercados, pasajes, fachadas que contrastan entre ellas (unas majestuosas, otras abandonadas y derruidas), anticuarios, adoquines asesinos, cafés, plazas, y siempre, siempre, una apresurada conversación propia de quien recién descubre algo nuevo y quiere compartir sus impresiones, y quien guía y quiere mostrar su actual hábitat y vomitar más y más datos y detalles sobre la ciudad y el país.

Arribamos a la mítica plaza de Mayo, con todo lo que la rodea, y las calles que de ella parten (para mí, impresionante y sencilla idea urbanística). Visitamos a Pepe de San Martín en su tumba de la Catedral Metropolitana, cambio de guardia incluído, y mientras el sol comienza a bajar, nos deslizamos dentro del microcentro. Es hora punta de salida del laburo y se aprecia perfectamente y a la primera las características  de la actividad en esta zona en la que tanto falta el aire. Pero este paseo es el más agradable que nunca me di por microcentro, sin duda. Dejando un imperio atrás, pasamos a otro. Al salir de la jungla de cristal queda Puerto Madero antes del río... y este imperio no tiene nada que ver con la ciudad. Todo un puerto con muelles, barcos, un trazado moderno, pavimento cuidado y edificios más modernos aún, los restaurados docks y más y más rascacielos que conforman ese skyline porteño que puede apreciarse desde el río o sobrevolando este al llegar de Europa o del Uruguay. Parece que les ha gustado hasta el Puente de la Mujer a estos gallegos. Atardece detrás de toda la ciudad que venimos dejando atrás, y el cielo ya teñido se combina con estas masas de acero y vidrio iluminadas.

Me separo un toque para arreglar asuntos académicos en el ITBA, primera clase del cuatrimestre. Todo se revive ahora...qué duro es volver. Como mi profesor debía terminar antes para ir al teatro, pues, por qué no, yo también, así que le doy el alcance a mi familia en el teatro San Martín, en plena Corrientes en ebullición... Compartimos un interesantísimo salón de actos con la ministra española de cultura (no es broma, creo que en España hay vacaciones en agosto, me han comentado) y asistimos a la obra "Los hijos se han dormido", basada en "La Gaviota" de Anton Chèjov". Sin palabras, esto SÍ es una obra de teatro...

Salimos de la sala con las emociones a flor de piel, y la avenida está más viva e iluminada que nunca... Avanzamos hasta el Obelisco, símbolo de la ciudad de Buenos Aires desde que termino de construirse en 1936, y en Avenida de Mayo, en un restaurante teatral, cenamos un buen asado con guarnición, provoleta y berenjenas rellenas acompañados de Quilmes en abundancia. A nuestro alrededor, porteños cenan y (cómo no...) conversan sin descanso durante lo que es la noche porteña de un viernes porteño cualquiera. Saciados, parece que la conversación se nos ha contagiado de los argentinos...jaja.

Caminito por el barrio hasta casa, esta vez sin sobresaltos, y termina un corto pero muy intenso día de toma de contacto diurno y de familiarizarse con la ciudad y su manejo, nada complejo pero con sus detalles y sus reglas bien definidas, muy peculiares algunas.

A que la almohada nos recargue fuerzas, porque la sed de cultura y conocer más y más de los mil recovecos en esta enorme ciudad va a tener sus frutos y consecuencias este fin de semana, que, como todo, es cuando la ciudad florece sea cual sea la estación.

A los nuevo gashegos les llama la atención las conversaciones que se repiten en cada esquina entre porteños, las desigualdades urbanísticas, los descuidos como el abandono de edificios y la igualmente triste suciedad de muchas calles. Los semáforos en la acera de enfrente de los autos, las calles en un sentido único, el encanto de algunas fachadas y algunos cafés, la comida para llevar y los delivery's (envío a casa) de casi cualquier cosa que pueda venderse (desde una pizza hasta un ramo de flores, pasando por un libro o pescado fresco de la pescadería); y otras tantas cosas que se vuelven cotidianas y parte de la vida diaría asimilada tras haber pasado una temporada aquí.

Por hoy me despido con un maravilloso momento del día, en una disquería-librería cualquiera de este tramo de la avenida Corrientes que se asemeja a Brodway Avenue de Manhattan. Conocen Ben E. King y Bob Marley, ¿verdad? ¿Pero los conocen bien, bien bien? Pues no se pierdan esto.





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