Diarios transandinos 2: la ruta del Che. 9 de julio a 11 de julio.
Suena el despertador, abro los ojos, son las 7.20 y hay ruido en la calle. Me levanto con energía, 4 horas de sueño parecen suficientes. Miro por la ventana, hay un mercado a plena luz del día, y ya está lleno. Definitivamente, Santa Cruz amanece y anochece muy pronto. Me preparo y bajo a desayunar. Me siento en la única mesa, de unos 20 turistas y camioneros en ruta, todos brasileños. Cargo agua para el mate, intercambio algunas palabras y tras vaciar la habitación abandono el residencial. Salgo a la calle, y me sumerjo en el bullicio de gente, parece un mercado del barrio, pero es tan grande como caótico. A unos metros, la única vía asfaltada. Camino, me miran raro, pero creo que tendré que comenzar a acostumbrarme a ello desde ya. El “gringuito” cruza un par de calles y tantea algunos taxis, conocedor del mundillo y del juego del regateo. Se sube a uno y circunvala el sur de Santa Cruz. El tráfico de esta ciudad, diría, es peor que el limeño y el porteño juntos. Hay muchísima actividad en la calle, a las 8 hace uno 25 ºC, y estamos en invierno. Llego a la tan estudiada plazuela Oruro, allá en la antigua carretera de Cochabamba con el tercer anillo. Yo había agarrado todas las cosas sin dejar nada, por aquello de lo que pudiera pasar, y me dirigía a consultar horarios...pero las cosas se hacen en el momento mejor; al llegar, escucho lo que podría llamarse una señal: “Vallegrandeeee, Vallegraaaaandeeee” canturrean en alto las mujeres encargadas de llenar los micros, con una musicalidad y farfullo veloz ya familiar para mí. No lo pienso dos veces:
- Señora, ¿a cuánto está el pasaje?
Subo el macuto al micro y armo un mate, mientras espero al sol que a se llene el micro. Suben, en las tres plazas de atrás, tres mujeres con tres niños encima. Al medio una pareja anciana y yo. Antes de arrancar, aprendo cómo se discute acá: el conductor dice algo bien suave a las mujeres, que han pagado 3 pasajes por ocupar los 3 sitios.
- Usted que quiere ser groseeero – responden.
Va y viene y la discusión se estanca, así que partimos. Yo me aguanto la risa, junto con la tendencia a quedarme boquiabierto por todo lo que ven mis ojos tras los vidrios. Intento conversar con los niños, son muy tímidos, y yo muy blanco para ellos. Los excusan las mujeres, madre tía y abuela. Ésta última, vallegrandina, va a que sus nietos conozcan su pueblo por primera vez. Pero el camino es largo e impresionante.
La salida de Santa Cruz es algo que uno no debe perderse. La ciudad, extensa, dura kilómetros en terminar, y se observa la vida diaria, el comercio frenético que mueve la sociedad, que les hace salir al exterior. En cada semáforo “asaltan” ofreciendo todo tipo de frutas, verduras, y otros artículos que uno compraría en cualquier comercio (o no). El sol es radiante y la temperatura agradabilísima. Al fondo, las montañas, adonde nos dirigimos. Atrás queda la capital de la región más extensa del país. Seguimos discurriendo entre talleres, chozas, granjas, colegios. Y aunque salimos de la ciudad, son muchos los kilómetros que se tarda en perder de vista la vida, pues hay muchos pueblos en el camino.
Ascendiendo constantemente y de curva en curva, avanzamos por una ruta polvorienta rodeada de bosque y vegetación. Comenzamos a entrar en quebradas e incluso cañones, pequeños ríos, desplomes y vastas caídas y acantilados, incluso acantilados rojizos que quedan en voladizo. Vamos lentos pero adentro yo converso con la anciana y la familia de atrás, el conductor bien serio, tiene prisa parece. Reina, la anciana, no duda en explicarme cada cosa nueva que aparece ante nuestros ojos. Cuando se sale de una quebrada, se observa el horizonte ondulado, tras cadenas y cadenas de verdes y abruptas montañas. Y cada pocos kilómetros, unas cabañas, un poblado, unas chacras. El nivel de riqueza material acá en lo rural desciende según avanzamos. Familias y más y más niños al borde de la calzada.
Cruzamos pueblos ya conocidos por mí de oídas, con su historia: Samaipata, con su fuerte; los Negros; Mataral, en el famoso cruce de la ruta hacia Cochabamba. Los últimos 50 kilómetros hasta Vallegrande nos orientan hacia el sur, hacia donde el abismo de montañas en cadena fueron testigos de la historia reciente.
Vallegrande es un pueblo de unos ocho mil habitantes, bien pintoresco, capital de su minúscula provincia, al borde de Santa Cruz, ya limitando con los departamentos de Chuquisaca y Cochabamba. Arribamos a la terminal. Reina me había preguntado dónde me hospedaría, y ante mi falta de idea me ofreció de buena onda su casa. Pensé, y más adelante acepté. Nos acercan a su casa, ellos vienen de una revisión médica en Santa Cruz, que ahora queda a cinco horas. Nos sirve unos huevos y unas papas, más un matecito de coca. Estamos a unos 2100 msnm. Tímido yo, converso con ella, nos tratamos de usted, y ella, con un ritmo muy tranquilo y lento, me va contando y preguntando. No hay demasiada confianza, pero voy escuchando acerca de Vallegrande. El marido anciano come, y a veces nos dice algo a voces. Está sordo de verdad.
Salgo a dar una vueltita, a hacer algunas “gestiones”. Desciendo por la empinada calle hasta la plaza central, donde queda la casa de la cultura, el museo del Che, la biblioteca. Me informo, y contacto a un guía que me recomendó cierta experta quiteña en Buenos Aires. Hago tiempo, voy a pasear por el mercado, que resulta ser lo más profundo del pueblo, y paseo entre puestos observando el quehacer del lugar. Por supuesto, algún buñuelo cae.
Llego al hospital Señor de Malta. Saludo, entro, y busco lo que vine a ver. Tras pequeños puestos de atención, una pequeña explanada verde inclinada me lleva hasta un lugar donde el silencio es absoluto, excepto por una brisa suave, relajante y agradabilísima, mientras el sol va cayendo. Frente a mí, la lavandería del hospital. La última vez que se usó fue el 10 de octubre de 1967. Acá se lavó el cuerpo de Ernesto Guevara, antes de exponerlo allí mismo a las gentes del pueblo y a la prensa internacional, como trofeo de guerra del ejército boliviano, tras 8 meses de combates. Permanezco en silencio. Este lugar es especial y pone los pelos de punta. Flores sobre el lavadero. En éste y en los muros, no queda casi lugar por estar repleto de firmas y emotivos mensajes de reconocimiento.
Me quedo allá un tiempo.
Me reúno con Félix, le doy mis referencias y nos reímos y comentamos sobre nuestros conocidos comunes. Coordinamos para mañana pronto en la mañana salir hacia La Higuera.
Se hace tarde, compro fruta y verdura en el mercado y la llevo a “casa”. Por el camino, siguen mirándome raro y además los taxis le paran a un para ofrecerte el principal atractivo para forasteros: tours por la ruta del Che, por supuesto, precios de risa. Se comienza a ver la comercialización del personaje, de la persona. Algo caliente y veo la televisión con ellos: los programas basura son algo universal, por lo que puedo apreciar. Todos estamos agotados, buenas noches y me retiro a a la habitación, suelto el saco y me meto en él, leo y escribo. Estoy bastante excitado por haber llegado hasta acá, pero consigo dormirme bien pronto, a eso de las 21 ya estoy en el séptimo sueño.
Me levanto a las 6.30, me preparo para la excursión de hoy y salgo tras despedir a la señora Reina. Paseo por el mercado, que hace un rato que está despierto y lleno, desayuno unos buñuelos mientras busco al guía. Hace un rato que salieron los camiones hacia Pucará y La Higuera y las ferias de más allá, pero viajar gratis en ellos complicaría las cosas: habría de esperar 3 días allá para que regresaran, y tengo entendido que nadie tiene coche en La Higuera, como para regresar en el día... Por supuesto, unos cuantos guías y pseudo guías salen a la caza de los pocos “gringuitos” que hoy pasean por el pueblo. Para mi sorpresa, el guía Félix ha encontrado a dos suizos, lo que abaratará el viaje. Arrancamos y salimos de Vallegrande hacia el sur. De copiloto va la prima del compadre, con sus tres gallinas dentro de una caja de cartón agujereada. El paisaje se vuelve voluptuoso y nos adentramos en las montañas que se ven siempre a lo lejos. El trayecto se intercala con charla y silencio ante el paisaje, montañas en hileras bien abruptas, cubiertas por verde, cadena tras cadena, hasta donde la vista alcanza.
Voy preguntándole cada cosa que me pasa por la cabeza a Félix, mientras Mirtha, la chica, ríe y ríe jovialmente ante las bromas de aquel. Paramos frente a la “boina” del Che: alguien se encargó de ponerle una estrellita a este minicerro con forma de boina.
Continuamos por caminos enrevesados, siempre a 20 por hora o menos. Tardaremos 3 horas en cubrir los 50 km. Que nos separan de la aldea. Dejamos a Mirtha en su finca, que tiene una lagunita preciosa de unos 10 metros de diámetro, ideal para pegarse un baño cuando el calor aprieta (que es casi todo el año).
Atravesamos Pucará, un pueblito precioso en mitad de una quebrada, y ya vamos pasando por lugares que forman parte de los hechos. Imágenes del guerrillero afloran en algunos muros, incluso de la municipalidad. Lugareños ven pasar el auto con curiosidad, pero esta ruta diaria ya es costumbre. Nos guste o no, somos turistas. La vista de Pucará es más linda aún que el pueblo por dentro.
Ascendemos para salir del pueblo, y en 20 minutos llegamos a la entrada de La Higuera, la comunidad El Jagüey. Abro la verja e ingresamos en un patiecito rodeado de habitaciones de adobe y paja. De ahí bajaremos hacia la zona de combates. Me encuentro con Santos, su hermano, toda una sorpresa: campesino en estado puro, sonriente, alegre y risueño; viene con dos mulas cargadas de choclo. El nivel de pobreza comienza a sorprender (y a explicar muchas cosas). Le mando saludos de nuestra conocida común, y se alegra muchísimo. Hay personas que tienen la mirada limpia, muy limpia, natural, que miran a los ojos, que no tienen nada que ocultar, ni siquiera una preocupación de entra las que cubren su vida diaria. Que sonríen porque sienten que quieren sonreír, aunque no les quede ni dos dientes. Y que saben calarte, que te tratan de tú a tú, de igual a igual, como tú les tratas, pues saben ver eso. Nos vemos más tarde.
Comenzamos el descenso a la famosa Quebrada del Churo/Yuro. Hace un calor sofocante, y es pleno invierno. A lo lejos se divisa la otra quebrada, la de San Antonio, y detrás de la primera e inmensa cadena montañosa, las quebradas confluyen en el cauce del Río Grande, gran protagonista de los hechos de Ñancahuazú.
Pasamos por la casa de la enana: Guevara y compañía pasaron varias noches acá tras la emboscada de La Higuera, trataron la enfermedad de la enana y de su anciana madre, mientras ellas les conseguían cobijo y alimento. Otro de los numerosos personajes que sostuvo largas conversaciones con Guevara durante la campaña, en la clandestinidad. En efecto, la casa no puede ser más que para una enana! Hace años que está abandonada, pero la enana y su madre murieron en los noventa y hace pocos años, respectivamente, luego de recorrer el mundo de conferencia en conferencia.
La caminata se va interrumpiendo por paradas para comentar los hechos del 67, fecha por fecha, personaje por personaje. Estos suizos no tienen ni papa, así que, además de explicarles, muchas veces se reduce a una conversación bien interesante entre Félix (que en realidad es un cachondo bien culto) y yo. Llegamos a la zona donde se produjo el último combate del Che.
Hoy una placita fue adoquinada allá. En esta piedra estaba Guevara cuando inutilizaron su fusil. Las posiciones del resto del grupo las tengo en un mapa que Urbano, uno de los guerrilleros, confeccionó hace pocos años. La historia me la sé de memoria pero no es objeto del texto explicarla acá. Entonces, imagino que tras un terrible diálogo interior y sopesar las circunstancias y las opciones, el Che salió, se mostró, con las manos en alto. “No disparen, soy el Che Guevara, valgo más vivo que muerto”. Aquel día caminó, herido de bala en el muslo, desde la quebrada hasta La Higuera, arrestado junto al Chino y Willy. Del grupo de la vanguardia, el suyo, seis consiguieron huir, quedando cinco que rompieron en la semanas posteriores el cerco impuesto por los soldaditos bolivianos, para llegar a La Paz pasando por Cochabamba, para, los cubanos, escapar a Chile por la frontera, donde fueron protegidos por el gobierno de Allende y de ahí pudieron regresar a Cuba, mientras los bolivianos quedaron en La Paz bajo la consigna “¡Volveremos a las montañas!”. El resto del grupo de la vanguardia cayó aquel fatídico 8 de octubre. El grupo de la retaguardia había sido aniquilado, salvo Paco, en Puerto Mauricio, en el Vado del Yeso, el 31 de agosto.
En fin: pasamos unos minutos silenciosos en este lugar histórico.
Duro ascenso de vuelta a El Jagüey, bajo un sol aplastante, pero unas montañas infinitas que vuelven a premiar todo esfuerzo. Estamos a 2500 msnm.
Me reúno con Santos, y le muestro el mapa de Urbano. Él se orienta perfectamente, y comentamos el proceso de los combates de aquel día. Me va señalando... Parece impresionado con el libro, que recientemente fue publicado. Él tiene otros libros, es todo un ejemplo de campesino que se interesa, que lee, que sabe que hay que aprender, informarse. “Sí, sí, a mí me gusta estar informado, hay que leer harto”, se ríe. Él ya posee otros libros de la misma autora. Yo no terminé el libro todavía, que por cierto está firmado por el propio Pombo, protagonista interlocutor. No lo pienso dos veces. La situación no puede ser más clara. Santos quiere conocer, conocer más. Pienso en la escuelitas que organizaban los guerrilleros en los campamentos base que tenían escondidos por esta zona, junto al Ñancahuazú. ¡Qué importante la formación de las clases trabajadoras! ¡Cómo no alentar o responder ante ese ímpetu por formarse! Miro alrededor. Una comunidad paupérrima, una soledad bastante dura. Y un tipo en mitad de la nada que me dice tímidamente, tras mi ofrecimiento: “estaría muy bueno si usted pudiera prestarme este libro, sí...”, sonriendo, como siempre, bien ilusionado. Si Pombo me lo firmó a mí, yo se lo firmo a él, porque no dudo – y espero – que este libro siga circulando (ha viajado muchísimo!). Mil veces gracias, pero no es necesario, más que para expresar y transmitirme cómo es él, y qué significa eso para él. Propondré esta situación como modelo durante mucho tiempo...
Nos hacemos una foto, y nos despedimos. “Mándeme fotos de donde vive usted, de su familia, de sus amigos...me gusta conocer dónde vive. Yo voy todos los meses a Vallegrande, allí sí llega correo”. Le sonrío y nos abrazamos. Espero de veras que volvamos a vernos.
Arrancamos para la Higuera, y de camino paramos en uno de los múltiples mesones, sencillas casas de adobe llenas de estanterías, una mesita, una cocina suelta mal calzada entre el adobe, donde nos espera el típico plato de arroz con papas y pollo...tras el esfuerzo físico nos sabe a gloria. Y sí: también llegó la Coca cola y demás productos de la expansión del mercado... Definitivamente, este lugar se mercantilizó, quizás durante los últimos 10 años sobre todo. Pasamos junto a una tienda que muestra colgadas muchas camisetas del Che, incluso en el bochornoso y conocido pop-art. Al lado, una pintada que exclama “¡No a la comercialización del Che!”. Seguimos hasta el corazón del pueblo, que es más bien un caserío, en el que habitan 8 familias de forma fija, más un grupo de brigadas médicas cubanas, desde hace ya unos años. Una placita central nos hace imaginar cómo aquellos prisioneros discurrieron, escoltados, entre los habitantes de la aldea, que miraban curiosos, atónitos, sin entender todos mucho de lo que estaba sucediendo en ese lugar del globo.
Entro en la famosa escuelita, donde se produjo el asesinato de Ramón/Fernando, Chino y Willy. Hoy se conserva poco, incluso la escuelita fue remodelada, y nos muestran la casa de al lado para explicar cómo fue en su momento. Se unieron las dos aulas, se derribó el tabique interno que durante horas separó a Chino de Che. Hoy está María, lugareña de 40 años, risueña, comunicativa, interesada, bien natural, alegre cuando se le provoca. Nos intenta informar de lo que sabe, que no es demasiado comparado con los libros que uno encuentra por ahí, pero sí nos habla de las anécdotas de aquella época (cuando ella “estaba justo por nacer”), lo que le contaron sus viejos, lo que se dice en el pueblo, y sobre todo, lo que se sabe ahora de aquellos hechos. También nos habla de un grupo de franceses que viven allí (la madre que los parió, están por todas partes...de verdad que sí!) que nunca compartió ni se juntó y que viven con su negocio al margen de la gente del pueblo... (buen ejemplo, sí señor). Pasamos media hora curioseando este museito del Che y de la guerrilla. No todo es interesante, y muchas cosas ya están vistas, pues ya salieron de allá al mundo. Pósters, explicaciones históricas que bien puede conocer uno por libros, algunas fotos que no había visto, otros pocos libros que tampoco, una réplica de la silla en la que en sargento Mario Terán fusiló a Guevara, y más y más mensajes de apoyo e incluso de ejemplos de personas que siguieron al Che, incluso Mariano Ferreyra, recientemente asesinado en Buenos Aires. Coincidimos con los médicos cubanos y sus invitados en la escuelita del pueblo. Hoy en día, claro, las clases se imparten en otra casita.
Como viene siendo costumbre, me quedo hasta que es hora de cerrar y ya se han ido todos, con María, que luce un lindo sombrero andino. Ella no deja de reírse conmigo, mostrándome sus tres dientes que irradian alegría natural de la de verdad.
Nos contamos el uno del otro, y ella va acompañando a su sobrinita (no era su hija) mientras avanzamos hacia el centro de la placita, donde me toma dos fotos sobre el monumento al Che, al ejemplo revolucionario. Pienso en todo lo que separa este monumento del de Santa Clara, en Cuba: tiempo, distancia, hechos pasado, circunstancias, pero pienso también en lo que tienen en común, a pesar del final fatal de La Higuera.
Ingreso con ella en un edificio bastante nuevo, parece. Últimamente, los gobiernos de Bolivia, Cuba y Venezuela han devuelto la mirada a este lugar histórico y, como uno más en los perdidos y empobrecidos Andes, han dirigido sus esfuerzos de infraestructuras (como por ejemplo edificación) y supraestructura (léase, sistema sanitario o educativo). Algo ha cambiado, al menos. Sigo preguntando a María sobre la realidad y la actualidad de esta zona, y me detengo en tantos mensajes colgando de la pared, al aire libre, que muestran mensajes de apoyo, admiración, a este lugar, a sus pobladores, y a su historia. Jefes de estado, dirigentes del ejército cubano, ministros, periodistas, y también familiares de los guerrilleros (personas de carne y hueso).
Me entretengo en leerlo todo, en estudiar cada foto colgada. Y claro, me vienen a buscar, que si nos vamos ya (todo con esa calma del lugar, no se vayan a pensar que mirábamos el reloj), porque tardamos 3 horas a Vallegrande... Creo que he visto todo lo que tenía que ver en La Higuera, aunque, en cuanto uno sale al paisaje inmenso, siente que, efectivamente, no conoce nada, y lo que queda “atrás de ese cerrito no más” lo jala a uno, lo mata de curiosidad, de sentimiento de ignorancia, por discurrir por las rutas preestablecidas, como son los caminos o las carreteras. Cuánto queda en el medio, entre montaña y montaña, entre valle y valle, sólo accesible desde la mirada distante – perpleja y aventurera – que observan pliegues en el terreno, sin ir más allá, donde los hechos acontecen.
Partimos, saludamos a la salida, llegamos a Pucará, que nos muestra una preciosa vista desde arriba, antes de entrar en el pueblito. Nos detenemos a platicar con algunos ancianos, seguimos, en silencio. Los suizos, fantasmas de este viaje, hace rato están dormidos. Félix y yo no hablamos, miramos al frente, al camino y al horizonte, la carretera bien difícil, pero por lo menos no hay lluvias torrenciales en esta época. Hace un sol de 4 de la tarde que no perdona, ambos transpiramos, a pesar de que él se puso la gorra caída hacia un lado, bien gracioso, le gotea el sudor por las patillas. Cuando le hablo, le pregunto, él sonrío y responde, escuetamente, y sin prisa. Ya está, es acá y no allá donde estamos. Voy pensando...¿quiero pasear por Vallegrande mañana, hay algo más que ver? Quizás llego al bus que parte para Cochabamba a las 18...pero no. El sol se escondía tras las montañas, cuando pinchamos rueda, a eso de las 17, a media hora de Vallegrande. Con alegría (qué coño) nos manchamos y cambiamos la rueda, con calma, claro.
Cuando arribamos a Vallegrande, son las 18.00, el bus está partiendo (vale, al menos sé que es puntual...) Pero era domingo, y no cabía un alma. Así que nos despedimos de Félix, coordinamos para juntarnos mañana e ir al aeropuerto. Marcho al mercado, compro fruta, me paseo un rato por el simple placer de saborear tan pintoresco lugar, otra vez. Decido cenar ahí, entre mucha gente, una de esas frituras...pero las condiciones que presentaba la cocina, al margen de relatarlas por ser sorprendentes para muchos, las obviaré porque alcanzó a ser lo convencional, y así he vivido un tiempo, más feliz que nunca. Sin embargo, permanezco callado, físicamente cansado, pensando en todo lo que estoy viviendo. Tengo ganas de exteriorizarlo, las gentes del lugar son a veces sombrías, calladas, poco comunicativas. Marcho a casa, saludo a Reyna, le grito a Alfredo QUE ME HA GUSTADO MUCHO LA HIGUERAAA (me entiende, me sonríe y me contesta, también gritando) y tras una ducha me encierro a escribir y a dormir (sí, igual que ayer y que mañana, sigue oscureciendo sobre las 18hs).
Me levanto rápido para, antes de ir al aeropuerto, asegurarme un pasaje a Cochabamba. Reyna me entretiene mucho en la cocina, al desayuno, y por no ser descortés, me quedo un rato. Cuando llego a la terminal de buses, que abría a las 7, ya son más de las 9. Yo, todo tranquilo, aunque debería haber llegado antes...:
- Por favor, uno para Cochabamba, para hoy...
El flaco mira su hojita, y sonriendo me responde:
- No, no hay, no queda...
- ¿Cómo que no queda?
- No, mire, mire...
La cagué. Me paralizo, si no alcanzo a llegar a Cochabamba, a salir de aquí a tiempo, “estoy en el horno” y no llegaré a estar en 48 horas en Potosí...no llegaré a la cita. Hay que hacer algo, lo que sea...
Así que le digo al tipo que hagamos lo que sea, le pongo mil excusas, le digo que viajo en el piso, o donde sea...me mira sorprendido,
- Pero es un viaje muy largo, muy duro...no va a aguantar.
- Me da igual, no hay drama, déjeme viajar por favor...
- No, no se puede... - siempre con poca decisión, responde.
Le insisto, que no sea que no lo intenté, pero volaré a Potosí si hace falta. Entonces mira la hojita, y me comenta que hay un lugar reservado, que no está vendido todavía, y sin explicarme nada, me suelta:
- ¿Cuánto?
- ¿Cómo? ¿Qué?
- Sí...¿cuánto me deja de propina? Yo le doy este lugar...
Perplejo, comprendo todo al instante. Me ha visto cara de dólar, insistente, casi desesperado: una oportunidad. Dadas las circunstancias (y no me enorgullezco de ello), no puedo evitar hacer el cambio a euro, le digo que le dejo diez bolivianos más de lo que cuesta el pasaje (un eurito...) y el hombrecillo asiente, conformo, agarra la goma, borra el nombre de una tal Beatriz, que estaba en lápiz, y que hoy no viajará a Cochabamba... Le suelto los 55 bolivianos totales, me aseguro de que no me está tangando, y me las tomo, asimilando lo que acabo de suceder. Lo podés llamar soborno...o no!
Ahora viene lo jodido, me encuentro con los guiris suizos (para abaratar costos, jaja) y antes de ir al aeropuerto, les informo (también querían ir a Cochabamba, supuestamente, de urgencia, hoy). Es que ellos hacen la ruta del Che porque lo recomienda la LonelyPlanet, ni más ni menos... Se acojonan, así que les echo una mano, les aconsejo, les confieso que yo sí viajaré, y consiguen un pasaje para la tarde a Santa Cruz, donde tendrán que buscarse la vida, pero no será difícil.
Caminamos hasta el aeropuerto, pista de césped. A las afueras, dos niñitos pululando en la búsqueda de algo.
- ¿Qué pasó, chicos? - les pregunto.
- Se nos perdió una mulita... - contestan, entristecidos. Al fondo de la calle, la madre también la busca. Dentro del recinto del aeropuerto había tres, pero nunca supimos...
Ingresamos en el cerco, nos espera un guía que le dijimos de venirse en bici, Gonzalo, joven y bastante bien informado. Entonces llegamos al mausoleo, lugar que me impactó y sorprendió mucho más de lo esperado. Acá fueron enterrados clandestinamente por el ejército, Che Guevara junto a otros 6 guerrilleros, la madrugada del 10 de octubre de 1967. La historia es larga: 30 años después, tras evidencias, revelaciones secretas de ex-dirigentes del ejército, y muchas sospechas, cubanos ingresaron en esta provincia para comenzar las escavar.
Gonzalo comienza a explicar, pero (ante la mirada algo perdida de los suizos, que castellano entienden normalito) pasa a ser un diálogo en el que los dos nos aportamos datos y anédotas, una conversación repleta de “ah, yo eso no lo sabía” y de “tú sabes mucho, ¿sos historiador?” por parte de los dos. A la entrada del mausoleo, placas conmemorativas junto a plantaciones, simbólicas, hechas por familiares del Che, de los guerrilleros caídos, compañeros de la Sierra Maestra, ministros de Cuba y de Bolivia, etc.
Entramos en el pequeño edificio (construido una vez se exhumaron los cuerpos, levantado año por año, humildemente, con pocos fondos) en el que me sorprende una exposición fotográfica, a modo de biografía de Ernesto, cronológicamente ordenada.
Abajo, las lápidas. Desciendo y resulta ser un espacio sobrecogedor, frío, triste, muy intenso. Ver el nombre de una persona en el piso siempre impacta, pero algunos nombre dejan menos indiferentes que otros... Paso cinco minutos ahí abajo, en silencio.
Cuando subo sigo conversando con Gonzalo, que se la pasó aprovechando para regar las plantas. Hay mucho de lo que hablar, y sigo absorbiendo datos de aquellos hechos. Pero algo muy importante está siendo el darle continuidad a esta historia, a la actualidad como herencia de aquello, ver de carne y hueso no sólo a los protagonistas sino a los habitantes de la zona, los de ayer y los de hoy. Me cuenta Gonzalo, que él se prestó voluntario, con 16 años, para escavar con pala el lugar. Que conversó mucho con los arqueólogos y forenses cubanos que vinieron de tan lejos, y que le preguntaban si conocía las razones por las que el Che acudió a Bolivia a luchar.
“Yo no entendía mucho entonces...pero entonces yo me puse a leer y a leer, y ya comprendí más...ellos,los cubanos, me decían que si me daba cuenta de que, si el Che hubiera ganado esa guerra, entonces yo tendría hoy mejores condiciones de salud, de alimentación, más opciones para estudiar, para trabajar... Acá mucha gente está influenciada por el ejército, mucha gente no quiere que cambie nada, antes llamaba asesinos a los guerrilleros, ahora los llaman terroristas...mucha gente no conoce, pero ahora ya se conoce más, se han ocultado muchas cosas por mucho tiempo, y a estas personas las enterraron como animales, en secreto...mucha gente no conoce...pero poco a poco, sí, ya se va conociendo la historia del Che y de Bolivia, además hay más opciones políticas que antes...” Otra persona que gusta de leer, de mirar “ahí fuera” para entender lo que sucede “ahí dentro”
Paseo, meditando, por el perímetro de la sala, vuelto a observar las fotografías, algunas me siguen llamando la atención, no las conocía (Che ingresando en Bolivia, caracterizado de doctor investigador uruguayo de avanzada edad, Fidel sin barba, trabajo en el campo cubano, la increíble balsa Mambo Tango, fotos familiares, y un buen puñado de anécdotas más). Esto fue genial: en este proceso de desmitificar, me doy cuenta de que toda vida, relatada de principio a fin, con los grandes momentos inmortalizados, se hace grandiosa, más si la persona perseveró, y más aún, si sonrió: muchas fotos con sonrisas, esa es una buena clave para toda biografía, sea de quien sea, no olvidar los momentos alegres y de victorias, nunca.
Abandonamos este lugar, con cierta melancolía. Quizás vuelva, quizás traiga a alguien algún día. Los suizos se las piran, pero me los encontraré otra vez en Potosí, dentro de 3 días. Le pido a Gonzalo que por un plus me muestre la tumba de Tania, la única guerrillera mujer, junto a los caídos en el Vado del Yeso, e incluso la de Ñato, pobre Ñato, alcanzado en la columna en Mataral cuando él y otros 5 intentaban (y consiguieron) romper el cerco del ejército, hacia Cochabamba.
Tania, Tamara Bunke Bider, argentino-alemana, todo un icono de las luchadoras femeninas, descansa aquí desde hace tiempo. Al ser mujer, la religión local, católica, hizo que las gentes pidieran santa sepultura para ella, a lo cual los militares accedieron. La enterraron en el cementerio del pueblo. Horas después, esa misma madrugada, la exhumaron en secreto y la enterraron en la fosa común con el resto de combatientes caídos en Puerto Mauricio... Este lugar, muy pero que muy escondido entre fincas, resulta tétrico a pesar de que el sol brilla con intensidad, bien fuerte. La tristeza lo inunda a uno por una de tantas historias con final fatal en la historia; historias ya leídas pero que, sobre el terreno, cobran vida en un escenario creíble, real, ya conocido. Cada persona somos un mundo, tenemos una historia, las que estamos con los pies sobre la tierra, y las que están bajo ella.
Gonzalo y yo seguimos solos en este lugar, son más y más los datos que van fluyendo entre los dos, y comenzamos a hipotetizar acerca de lo que no conocemos, a hacernos preguntas sin respuestas, a efectuar delicados, cuidadosos juicios de valor, nada es blanco ni negro, es sólo que esta historia es apasionante (ahora entiendo a quienes la investigan...)
Me tengo que despedir de él, le pido su dato, le agradezco, y camino de regreso al pueblo. Esta mañana he aprendido muchísimo más de lo que esperaba. El sol me aplasta, creo que debería dar señales de vida. Internet ya llegó a este lugar...así que, por qué no, tranquilizar nervios que, noto, afloran a lo lejos. Busco información sobre Cochabamba, miro muchos mapas, me oriento, y paso por casa una hora para agarrar la mochila, ya empacada, y prepararme para la próxima odisea. Converso un buen rato con mis anfitriones, tan hospitalarios, y tan parecidos a dos viejecitos de la meseta española, hasta en su casa, que bien podría ser una de Laguna de Duero, de verdad que sí. Me han tratado genial, y siento tener que irme...
“Lo vamos a extrañar”, - me grita Alfredo, con una mirada brillante y parca, más que cariñosa, que me pilla por sorpresa. Él me mostró dos fotos impactantes del cadáver del Che, que obran en su poder, copias hoy en día famosas. Reyna está enojada con él, o con la vida que le toca vivir ahora, a veces malhumorada, al lado de su marido, con un delicado problema vascular. Decido vosearla (tutearla) por primera vez, nos despedimos con un beso, tras tanta distancia, y al salir me encuentro de vuelta Alfredo tomando el solcito, tranquilo. Vuelvo a despedirlo con cariño, y mis 15 kilos de mochilas y libros, y yo, marchamo calle abajo... restan 2 horas para partir, así que me relajaré en el lugar que más me ha impactado de la región.
La lavandería del hospital sigue como hace 48 horas, me recibe esa brisa primaveral bajo las sombras de los árboles, y frente a ese lugar tan especial, pasa una hora mientras escribo y espero para ir al terminal. Inmortalizo estos instantes en mi cabeza, en la cámara, en el diario, y otra vez cuesta abajo voy despidiendo las calles de Vallegrande, los vecinos y yo nos saludamos con una expresividad que a día de hoy extraño como otras muchas cosas.
Esperando la partida del bus conozco a un grupo de 4 brasileños que me caen bastante bien, divertidos, interesados, parecen más comprometidos, y respetuosos con este entorno. Es curioso cómo uno se muestra muy familiar con el viajero, por la condición compartida de forastero (a pesar de que, incluso, se hablen idiomas diferentes) mientras que se marca una diferencia con el local, con el visitado. Hay una filosofía de viaje que hay que romper, porque todavía nos juntamos entre viajeros, pero quizás está principalmente motivado por la soledad del viajero, lejos de casa, frente a lo desconocido, o al menos no familiar. Ellos harán la locura de viajar hasta el famoso cruce de Mataral, bajar del bus en plena noche, y esperar al que va de Santa Cruz a Sucre...buena suerte. Parece que la tuvieron. Los encontré 10 días después cruzando la frontera a Perú, en Kasani (Copacabana) y también en Arequipa. Pudimos conversar de nuestra experiencia en esta provincia, de la Copa América, de lo visitable en Perú, de nuestro encuentro personal con Bolivia...
Cuando subí a aquel bus y arrancó, justo al atardecer, comencé a despedirme de esta provincia, despedida que duró, en silencio, muchas horas: una luna llena iluminó el paisaje durante casi todo el viaje, y se apreciaba hasta el horizonte, siempre accidentado, frente a un cielo azul más bien claro, montaña tras montaña, bosque tras bosque, y sólo los faros de este microbús avanzando por carreteras de piedra durante casi 12 horas. Aquel trayecto fue especial, apenas dormí y me la pasé leyendo con la poca luz que había, pensando, observando, proyectando más aún el viaje. Esa terrible costumbre de encerrarse por 12 horas en un bus sin ventilación...la solucioné abriendo mi ventana de principio a fin de viaje. Los 20 grados de la noche refrescaron el horno cargado de dióxido de carbono en que se convierte la cabina a partir de la media hora de viaje. Recibía rica brisa mientras a mi alrededor roncaban 40 bolivianos. Finalmente, fueron muchos los niños que durmieron en el pasillo, cubiertos completamente por frazadas, tanto que había gran riesgo de pisar sus cuerpecitos al salir del colecivo. Por supuesto, viajé sobre la rueda trasera, rememorando ciertos viajes tormentosos por los Andes. Nos deteníamos a cenar en lugares ya bien familiares para mí, en los que me encuentro muy agusto, y donde se suceden conversaciones breves, anónimas, pero bien cariñosas y fraternas, frente a la frialdad de un ascensor urbano. Está jugando Argentina en la Copa América, campesinos y comerciantes miran la tele mientras devoran su cena. Escueta compra para hidratarme el resto del viaje. Nos detendremos a orinar una vez más, hombres y mujeres a un mismo lado, ellas sentadas, se cubren enteras, con sus polleras (faldas), y el panorama es de muchas personas, ellas y ellos, alineados, haciendo sus necesidades en la cuneta. Obviamente, me sumo.
Seguimos trayecto, y entre sueños, canciones y baches, debían de ser las 4 de la madrugada cuando cerré los ojos por primera vez...