Un joven inmerso esperaba sentado en el piso junto a la puerta del convento de San Francisco. Las gentes transitaban, regresaban a sus hogares, o disfrutaban en grupo de la luz tenue que teñía la plaza; en esta temporada de lluvias tan fregada, hay que agradecer al Inti que aparezca y caliente.
Una señora criolla, de unos 50 años, salió del turístico convento. Algo vio el joven en ella, que desde ahí abajo le preguntó si todavía estaban dentro los guías del convento. La señora se volteó a averiguar, y regresó con la información.
- Sí, en un ratito, ya van a salir -, reveló.
- Es que estoy esperando a alguien. Gracias. - explicó el joven.
La señora, quiteña, se le quedó mirando durante unos segundos, ella de pie. De pronto, le dijo, acariciándose su mentón:
- ¿Sabe, joven? Usted tiene unos ojos que me dicen algo, ... por la niña, por su iris verde, por su forma de mirar. Yo escribo poesía y cuentos, ¿sabe? Y sus ojos me inspiran.
El joven la miró absorto, sin decir nada. Ella continuó:
- Todos esos elementos hablan de la persona, dicen mucho. La mirada es el reflejo del alma.
Ahora sí, el joven, curioso, reaccionó y preguntó, dada la confianza que transmitía la mujer, y lo directa que era; la pregunta era obvia:
- ¿Y qué le dicen, señora...? ¿Sabría decirme?
Entonces, ella, con lentitud, mucha calma y sin ningún apuro, respondió, reflexiva, contorneando los ojos y moviendo su mano a modo de diagnóstico.
- Mmmm... persona de criterios amplios...son ojos de alguien a quien le gusta estar en muchos lugares a la vez... que vuela de un lugar a otro con el cuerpo y con el alma.
El joven no le quitó la mirada de encima, levantó sus cejas, asombrado.
- ¿Me equivoco?
El joven ocultó su estremecimiento con una carcajada.
- Me quedaría a conversar con usted, joven. Pero he de irme, me están esperando.
Se despidieron, y la señora desapareció entre las calles de la ciudad colonial.
(Basado en hecho reales)
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