Apague el despertador de un
golpe. Levántese. Apenas abra un
ojo, comenzará su calvario, su lucha contra el sueño que recién soñó. Ese que
fue realidad mientras duró. Asimílelo, no está soñando más.
Métase unos hidratos, filosofe
frente a la encimera, entra oscuridad por la ventana. Vístase, zombie, y lávese
esa cara... No busque razones para sonreír alrededor, salga ya, el jefe lo está
esperando.
Aventúrese a la calle. Camine
sobre los restos de la noche anterior, esa que no vivió, porque estaba roncando
y soñando. Usted tiene otra obligación, o eso le llevan años diciendo. Camine hacia
el metro. Al menos amanece por Argumosa. ¡No, espere! Deténgase un minuto, dese
un regalo. Deje que el sol, la luz directa y la reflejada por los cristales de la calle y de la plaza, lo calienten
un poco. Ahora sí, tome su transporte, sea una sardina en agosto. Es usted la única
cara con intención de sonreír en todo el vagón, ¿no ve que está solo? No lo
intente más. Y por cierto, no olvide pagar con su sueldo el que lo estemos llevando.
Intente leer, intente formarse, intente
crecer en algo mas que lo que su especialización le obliga. Concéntrese, son las
ocho de la mañana... ahora camine, siga a esa masa.
Entre en la oficina, diríjase a
su despacho, enciérrese 8 horas, y cumpla con su deber.
Y no deje que, entre párrafo y párrafo,
se le mezclen sus reflexiones, ni sus sentimientos, ni sus informaciones sobre
masacres lejanas. ¡Produzca carajo!
Es tarde, dé media vuelta y trate
de convencerse de que no está alienado.
Camine, siga a esa masa, ya exprimida. Dilúyase por el barrio para alcanzar su colmena.
El barrio vibra, pero eso no es para usted...
Compre, cocine, limpie, lave, prepare.
Mañana ya sabe lo que le tocará. No evoque épocas pasadas mejores, no extrañe,
no crea que puede convertirse en la persona que sueña. Su sustento está acá, y su
deber para con la sociedad, también.
No se resista, no se agote en vano.
Termine el día pronto. Reencuéntrese con sus pesadillas. Y mañana, siga creyéndose
todo lo que le digamos.
