Te extrañé, pero sos otro
mundo.
Aquel Airbus 330 penetró en la península Ibérica, sobre un cielo claro, brillante, azul y amarillo. Descendimos hasta posarnos sobre la pista 33L de Barajas. Eran las 2 del mediodía, y febrero seguía regalando a la villa sus 15 graditos invernales.
Ingresé en "la tierra del pepé, la del olé, la de quedamos y tomamos un café". En "la fea Europa". Hace dos meses y medio que dejé Buenos Aires, mes y medio desde que partí definitivamente de Lima. Esperaba la continuidad del viaje solitario, esa en la que sales de un bus y te metes en otro, así que, por qué no, salir de un avión para meterse en un Metro. Respiré profundo, ya estaba todo pensado, dicho y hecho. Puse primera y avancé hacia afuera con paso firme y decido, toda una elección, la última. El aterrizaje emocional se dio cuando inesperadamente apareció la cara de mi amiga Elisa entre el tumulto de familiares expectantes por sus queridos. Por fin una antigua amistad, bien traidora. Abrazo, suspiro, abrazo...
El sol y el frío seco parecían de otro mundo, al que hacía un año exacto que no visitaba. El avanzar por la autopista ofrecía un paisaje que te recordaba a cada vistazo dónde estabas, dónde habías llegado.
Todo era diferente, muy diferente, extremadamente diferente. Pero todo era conocido. En algún rincón de una extensa memoria, miles de neuronas se activaban por primera vez en mucho tiempo, pequeños cortocircuitos que hacen viajar en el tiempo. Los recuerdos recientes se comienzan a mezclar con el largo plazo.
Seguí solo para terminar definitivamente mi trayecto. Caminé por Madrid, de calles irregulares, curvas, poco transitadas al final de la tarde invernal, pocas personas muy abrigadas paseando a sus perros, cerrando sus negocios. El resto, trabajando o protegiéndose del frío en sus casas. Ya nadie me miraba, ni extrañado, ni acechante, ni curioso, ni admirado. Todo el mundo miraba al frente, evitaba el contacto visual, y más aún el corporal. Tienen mucho que hacer. Y nadie, nadie, nadie sonreía. Cualquier persona habría sentido que su ciudad natal, su hogar, la rechazaban, que no la querían, ni la esperaban ansiosos, nada de eso.
El sol débil de invierno caía y yo caminaba entre las prolongadas sombras de los edificios. No recordaba todo, tuve que pedir que me orientaran como venía haciendo cada uno de los días de los últimos meses, pero ahora en la ciudad que más conocí. La cara y los labios comenzaron a secárseme, mi nariz sangró espontáneamente, por primera vez en meses. Caminé entre bares, de tapas, menús del día, cañas, jamón serrano, queso machego, paellas, café y chupito. "Señora, a cómo está el almuerso", me decía, como queriéndome convencer de algo, no sé de qué. "Ya pues, entonces póngame la sopita de gallina con culantro, y el almuersito....viene con arrosito y papas, ¿no es sierto? Me alcansa el ajísito y un limonsíto por favor, no sea mala. Graaasias". "Señora, muy rico che. ¿Qué se debe?".
Pasé junto a un kiosko (vocablo quichua), que olía a periódicos, tabaco y golosinas. Las portadas de los periódicos hablaban de temas bien extraños, no entendí nada, así que seguí caminando. Los semáforos, de otra galaxia, eran prescindibles, aquel jueves no había tráfico, ni pitidos a cada segundo, nada. El asfalto, los fierros de los postes, las alcantarillas...todo olía y traía lejanos recuerdos. El Metro…quién no reconoce el olor del Metro de Madrid, único, que penetra en un instante por la pituitaria. Curiosísimamente, aquí puse piloto automático, repetí la acción de los años anteriores, bajé las escaleras a toda velocidad, de 3 en 3 y evitando las mecánicas, con mis 30 kilos de equipaje, a riesgo de abrirme otra vez la cabeza. Subí a un vagón, tan limpio, nuevo, moderno, suave en aceleración y frenada, rápido, puntual. Tuve un "colchón de caída", pues unos simpáticos latinos estaban junto a mí todo el trayecto, y evitaron que escuchara demasiadas Z's y demasiados "coger".
Emergí en Moncloa, ese lugar único en capital. El sol se ponía sobre el....¿parque del Oeste? Sí, creo que era así como se llamaba. Allá seguía mi farito, que nadie había derribado, el arquito de franquito, al fondo mi escuelita, el monasterio del aire, el ingreso a Madrid por Princesa y por Cea de Bermúdez... Grupos de indígenas locales conversaban bien abrigados al calor de una luz que ya decaía, huyendo del día. Piti y Mahou de litro en mano, estos grupos aborígenes se interrelacionaban tras la actividad apresurada de toda una jornada laboral. O yo era un extraterreste, o alguien había invadido mi planeta, sea cual fuera éste. Despedí por unos días mi lugar preferido de Madrid.
Me metí, tras prometérmelo, en el que sería el penúltimo bus de este trayecto titánico. 2 horas es un intervalo absolutamente ridículo. Atardeció sobre el Gran Madrid, sobre los centros comerciales, sobre la cruz del valle de los caídos, sobre la sierra que se me antojaba bajiiiita bajita bajita. Atravesamos aquella cordillera-cordillerita. Siguió atardeciendo, de naranja a violeta, pasando por el rojo, sobre la meseta, sobre los Campos de Castilla. Se puso la luna, casi nueva. No obstante, aquellas dos horas fueron, irónicamente, largas, casi interminables.
Se divisaron pinares, tierras o chacras, torres de telegrafía óptica, carteles de Tráfico, Laguna de Duero, San Agustín, toda una vida revivía y más cortocircuitos se daban en mi cabeza.
Arribé a Villanueva, la ciudad donde nada, nunca, cambia. Suspiré, suspiré, caminé sin parar entre sus calles, y después seguí suspirando. Latinoamérica giraba en mi cabeza a diez mil revoluciones por minuto, se grababa en mi corazón cual sello de vacuno, mientras yo miraba alrededor, al cielo y al suelo.
Me negué a creer que sólo había sido un sueño.
Llegué a casa.
"Por lo demás... Qué te voy a decir, si yo acabo de llegar..."
Aquel Airbus 330 penetró en la península Ibérica, sobre un cielo claro, brillante, azul y amarillo. Descendimos hasta posarnos sobre la pista 33L de Barajas. Eran las 2 del mediodía, y febrero seguía regalando a la villa sus 15 graditos invernales.
Ingresé en "la tierra del pepé, la del olé, la de quedamos y tomamos un café". En "la fea Europa". Hace dos meses y medio que dejé Buenos Aires, mes y medio desde que partí definitivamente de Lima. Esperaba la continuidad del viaje solitario, esa en la que sales de un bus y te metes en otro, así que, por qué no, salir de un avión para meterse en un Metro. Respiré profundo, ya estaba todo pensado, dicho y hecho. Puse primera y avancé hacia afuera con paso firme y decido, toda una elección, la última. El aterrizaje emocional se dio cuando inesperadamente apareció la cara de mi amiga Elisa entre el tumulto de familiares expectantes por sus queridos. Por fin una antigua amistad, bien traidora. Abrazo, suspiro, abrazo...
El sol y el frío seco parecían de otro mundo, al que hacía un año exacto que no visitaba. El avanzar por la autopista ofrecía un paisaje que te recordaba a cada vistazo dónde estabas, dónde habías llegado.
Todo era diferente, muy diferente, extremadamente diferente. Pero todo era conocido. En algún rincón de una extensa memoria, miles de neuronas se activaban por primera vez en mucho tiempo, pequeños cortocircuitos que hacen viajar en el tiempo. Los recuerdos recientes se comienzan a mezclar con el largo plazo.
Seguí solo para terminar definitivamente mi trayecto. Caminé por Madrid, de calles irregulares, curvas, poco transitadas al final de la tarde invernal, pocas personas muy abrigadas paseando a sus perros, cerrando sus negocios. El resto, trabajando o protegiéndose del frío en sus casas. Ya nadie me miraba, ni extrañado, ni acechante, ni curioso, ni admirado. Todo el mundo miraba al frente, evitaba el contacto visual, y más aún el corporal. Tienen mucho que hacer. Y nadie, nadie, nadie sonreía. Cualquier persona habría sentido que su ciudad natal, su hogar, la rechazaban, que no la querían, ni la esperaban ansiosos, nada de eso.
El sol débil de invierno caía y yo caminaba entre las prolongadas sombras de los edificios. No recordaba todo, tuve que pedir que me orientaran como venía haciendo cada uno de los días de los últimos meses, pero ahora en la ciudad que más conocí. La cara y los labios comenzaron a secárseme, mi nariz sangró espontáneamente, por primera vez en meses. Caminé entre bares, de tapas, menús del día, cañas, jamón serrano, queso machego, paellas, café y chupito. "Señora, a cómo está el almuerso", me decía, como queriéndome convencer de algo, no sé de qué. "Ya pues, entonces póngame la sopita de gallina con culantro, y el almuersito....viene con arrosito y papas, ¿no es sierto? Me alcansa el ajísito y un limonsíto por favor, no sea mala. Graaasias". "Señora, muy rico che. ¿Qué se debe?".
Pasé junto a un kiosko (vocablo quichua), que olía a periódicos, tabaco y golosinas. Las portadas de los periódicos hablaban de temas bien extraños, no entendí nada, así que seguí caminando. Los semáforos, de otra galaxia, eran prescindibles, aquel jueves no había tráfico, ni pitidos a cada segundo, nada. El asfalto, los fierros de los postes, las alcantarillas...todo olía y traía lejanos recuerdos. El Metro…quién no reconoce el olor del Metro de Madrid, único, que penetra en un instante por la pituitaria. Curiosísimamente, aquí puse piloto automático, repetí la acción de los años anteriores, bajé las escaleras a toda velocidad, de 3 en 3 y evitando las mecánicas, con mis 30 kilos de equipaje, a riesgo de abrirme otra vez la cabeza. Subí a un vagón, tan limpio, nuevo, moderno, suave en aceleración y frenada, rápido, puntual. Tuve un "colchón de caída", pues unos simpáticos latinos estaban junto a mí todo el trayecto, y evitaron que escuchara demasiadas Z's y demasiados "coger".
Emergí en Moncloa, ese lugar único en capital. El sol se ponía sobre el....¿parque del Oeste? Sí, creo que era así como se llamaba. Allá seguía mi farito, que nadie había derribado, el arquito de franquito, al fondo mi escuelita, el monasterio del aire, el ingreso a Madrid por Princesa y por Cea de Bermúdez... Grupos de indígenas locales conversaban bien abrigados al calor de una luz que ya decaía, huyendo del día. Piti y Mahou de litro en mano, estos grupos aborígenes se interrelacionaban tras la actividad apresurada de toda una jornada laboral. O yo era un extraterreste, o alguien había invadido mi planeta, sea cual fuera éste. Despedí por unos días mi lugar preferido de Madrid.
Me metí, tras prometérmelo, en el que sería el penúltimo bus de este trayecto titánico. 2 horas es un intervalo absolutamente ridículo. Atardeció sobre el Gran Madrid, sobre los centros comerciales, sobre la cruz del valle de los caídos, sobre la sierra que se me antojaba bajiiiita bajita bajita. Atravesamos aquella cordillera-cordillerita. Siguió atardeciendo, de naranja a violeta, pasando por el rojo, sobre la meseta, sobre los Campos de Castilla. Se puso la luna, casi nueva. No obstante, aquellas dos horas fueron, irónicamente, largas, casi interminables.
Se divisaron pinares, tierras o chacras, torres de telegrafía óptica, carteles de Tráfico, Laguna de Duero, San Agustín, toda una vida revivía y más cortocircuitos se daban en mi cabeza.
Arribé a Villanueva, la ciudad donde nada, nunca, cambia. Suspiré, suspiré, caminé sin parar entre sus calles, y después seguí suspirando. Latinoamérica giraba en mi cabeza a diez mil revoluciones por minuto, se grababa en mi corazón cual sello de vacuno, mientras yo miraba alrededor, al cielo y al suelo.
Me negué a creer que sólo había sido un sueño.
Llegué a casa.
"Por lo demás... Qué te voy a decir, si yo acabo de llegar..."