domingo, 26 de febrero de 2012

Madriz, te quiero y te odio

Te extrañé, pero sos otro mundo.

Aquel Airbus 330 penetró en la península Ibérica, sobre un cielo claro, brillante, azul y amarillo. Descendimos hasta posarnos sobre la pista 33L de Barajas. Eran las 2 del mediodía, y febrero seguía regalando a la villa sus 15 graditos invernales.

Ingresé en "la tierra del pepé, la del olé, la de quedamos y tomamos un café". En "la fea Europa". Hace dos meses y medio que dejé Buenos Aires, mes y medio desde que partí definitivamente de Lima. Esperaba la continuidad del viaje solitario, esa en la que sales de un bus y te metes en otro, así que, por qué no, salir de un avión para meterse en un Metro. Respiré profundo, ya estaba todo pensado, dicho y hecho. Puse primera y avancé hacia afuera con paso firme y decido, toda una elección, la última. El aterrizaje emocional se dio cuando inesperadamente apareció la cara de mi amiga Elisa entre el tumulto de familiares expectantes por sus queridos. Por fin una antigua amistad, bien traidora. Abrazo, suspiro, abrazo...

El sol y el frío seco parecían de otro mundo, al que hacía un año exacto que no visitaba. El avanzar por la autopista ofrecía un paisaje que te recordaba a cada vistazo dónde estabas, dónde habías llegado.

Todo era diferente, muy diferente, extremadamente diferente. Pero todo era conocido. En algún rincón de una extensa memoria, miles de neuronas se activaban por primera vez en mucho tiempo, pequeños cortocircuitos que hacen viajar en el tiempo. Los recuerdos recientes se comienzan a mezclar con el largo plazo.

Seguí solo para terminar definitivamente mi trayecto. Caminé por Madrid, de calles irregulares, curvas, poco transitadas al final de la tarde invernal, pocas personas muy abrigadas paseando a sus perros, cerrando sus negocios. El resto, trabajando o protegiéndose del frío en sus casas. Ya nadie me miraba, ni extrañado, ni acechante, ni curioso, ni admirado. Todo el mundo miraba al frente, evitaba el contacto visual, y más aún el corporal. Tienen mucho que hacer. Y nadie, nadie, nadie sonreía. Cualquier persona habría sentido que su ciudad natal, su hogar, la rechazaban, que no la querían, ni la esperaban ansiosos, nada de eso.

El sol débil de invierno caía y yo caminaba entre las prolongadas sombras de los edificios. No recordaba todo, tuve que pedir que me orientaran como venía haciendo cada uno de los días de los últimos meses, pero ahora en la ciudad que más conocí. La cara y los labios comenzaron a secárseme, mi nariz sangró espontáneamente, por primera vez en meses. Caminé entre bares, de tapas, menús del día, cañas, jamón serrano, queso machego, paellas, café y chupito. "Señora, a cómo está el almuerso", me decía, como queriéndome convencer de algo, no sé de qué. "Ya pues, entonces póngame la sopita de gallina con culantro, y el almuersito....viene con arrosito y papas, ¿no es sierto? Me alcansa el ajísito y un limonsíto por favor, no sea mala. Graaasias". "Señora, muy rico che. ¿Qué se debe?".

Pasé junto a un kiosko (vocablo quichua), que olía a periódicos, tabaco y golosinas. Las portadas de los periódicos hablaban de temas bien extraños, no entendí nada, así que seguí caminando. Los semáforos, de otra galaxia, eran prescindibles, aquel jueves no había tráfico, ni pitidos a cada segundo, nada. El asfalto, los fierros de los postes, las alcantarillas...todo olía y traía lejanos recuerdos. El Metro…quién no reconoce el olor del Metro de Madrid, único, que penetra en un instante por la pituitaria. Curiosísimamente, aquí puse piloto automático, repetí la acción de los años anteriores, bajé las escaleras a toda velocidad, de 3 en 3 y evitando las mecánicas, con mis 30 kilos de equipaje, a riesgo de abrirme otra vez la cabeza. Subí a un vagón, tan limpio, nuevo, moderno, suave en aceleración y frenada, rápido, puntual. Tuve un "colchón de caída", pues unos simpáticos latinos estaban junto a mí todo el trayecto, y evitaron que escuchara demasiadas Z's y demasiados "coger".

Emergí en Moncloa, ese lugar único en capital. El sol se ponía sobre el....¿parque del Oeste? Sí, creo que era así como se llamaba. Allá seguía mi farito, que nadie había derribado, el arquito de franquito, al fondo mi escuelita, el monasterio del aire, el ingreso a Madrid por Princesa y por Cea de Bermúdez... Grupos de indígenas locales conversaban bien abrigados al calor de una luz que ya decaía, huyendo del día. Piti y Mahou de litro en mano, estos grupos aborígenes se interrelacionaban tras la actividad apresurada de toda una jornada laboral. O yo era un extraterreste, o alguien había invadido mi planeta, sea cual fuera éste. Despedí por unos días mi lugar preferido de Madrid.

Me metí, tras prometérmelo, en el que sería el penúltimo bus de este trayecto titánico. 2 horas es un intervalo absolutamente ridículo. Atardeció sobre el Gran Madrid, sobre los centros comerciales, sobre la cruz del valle de los caídos, sobre la sierra que se me antojaba bajiiiita bajita bajita. Atravesamos aquella cordillera-cordillerita. Siguió atardeciendo, de naranja a violeta, pasando por el rojo, sobre la meseta, sobre los Campos de Castilla. Se puso la luna, casi nueva. No obstante, aquellas dos horas fueron, irónicamente, largas, casi interminables.

Se divisaron pinares, tierras o chacras, torres de telegrafía óptica, carteles de Tráfico, Laguna de Duero, San Agustín, toda una vida revivía y más cortocircuitos se daban en mi cabeza.

Arribé a Villanueva, la ciudad donde nada, nunca, cambia. Suspiré, suspiré, caminé sin parar entre sus calles, y después seguí suspirando. Latinoamérica giraba en mi cabeza a diez mil revoluciones por minuto, se grababa en mi corazón cual sello de vacuno, mientras yo miraba alrededor, al cielo y al suelo.

Me negué a creer que sólo había sido un sueño.

Llegué a casa.

"Por lo demás... Qué te voy a decir, si yo acabo de llegar..."



jueves, 16 de febrero de 2012

Chausito, Ecuador, hasta prontito

Se trata únicamente de una frontera estúpida más, diseñada con el devenir de la historia contemporánea y bajo la útil y cierta premisa de "divide y vencerás".

Te ingresé desde Aguas Verdes, Tumbes, por Huaquillas, y huí de ahí hasta Machala, entre miles de hectáreas de bananas, por algo te llaman provincia de El Oro.
Aparecí la mañana siguiente en Quito, entre calles coloniales de nombres copiados de cualquier ciudad española. Pasé todo un día conversando, aprendiendo mucho, entre tés y cafés.
Pasé otros dos días recorriéndote sin descanso, recoveco por recoveco, subiendo a tus cerritos, impresionándome tu arte colonial, religioso, tu legado de otros tiempos oscuros y brillantes también. Conocí tus artesanías, tus barrios parroquiales, tu mesones, tus lindos parques, tu interesantísima historia política, tu museo de arqueología y las desconocidísimas y muy variadas, múltiples culturas que te habitaron desde que la civilización se asentó en el continente. Conocí tus "siga no más", "a la orden", sus "ari" del Quichua, tus museos,  tu observatorio ecuatorial....

Ascendí a la cima de tu Rucu Pichincha, el que vigila a Quito como el abuelo Illimani vigila a La Paz. Te pateé por 4 horas a vos, el más cercano del "callejón de los volcanes", hasta tus 4696 msnm.

Visité Cotopaxi, terminé en uno de los lugares más mágicos de tu territorio, la laguna del Quilotoa. Cuando ascendí hasta el cráter y vi la laguna allá abajo, salada, verde y brillante, me emocioné. Descendí al cráter con mis 25 kilos en 2 mochilas, solté la carpa a 3500, me dejaron solo aquella noche, absolutamente solo en ese cráter, y la luna llena pasó a saludar, tímita entre nubes, a iluminarme la noche y también la laguna, que se tornó blanca. No sin haaarto esfuerzo, volví por el mismo camino, y con el mismo peso.

Conocí Baños, entre tanto aventuring, me junté con dos buenos amigos de la Argentina, y desde la sierra descendimos por todo un día hasta Puyo, en tu selva. La transición del paisaje fue impresionante.

Despegué hasta tu Cuenca para cumplir 24, conocí sus calles, su paradigma de ciudad colonial, su complejo arqueológico Pumapungo, su zoológico de aves, y sobre todo conviví con una complicada familia, muy humilde, de las que gana el pan de cada día con el sudor de ese mismo día. Pasé un día nueve bien austero y sencillo, satisfecho.

Huí de ahí a tu Parque Nacional Cajas, tu lluvia de "verano o no sé en qué estación estoy" me jodió el día, me albergué en tu refugio, y a la mañana siguiente aparecí en tu gigante portuario, Guayaquil. Me perdí en sus calles caóticas de ciudad moderna, recorrí de arriba a abajo los mercados, las plazas, el Malecón 2000 y, sobre todo, el hermoso y mítico barrio de Las Peñas y hasta su cerro Santa Ana, con su emblemático faro.

Salí de ahí con ganas de costa, de esas playas de ensueño. Entre confusión llegué a Puerto López, me pasé el día devorando libros, bañándome en tu playa de agua caliente y palmeras y barquitos de pescadores locales, viendo grandes atardeceres. Me junté con las gentes que hace años que viajan, con los artesanos, y todo fluyó fácil.

Seguí por la costa hasta Canoa...aquel lugar me frenó completamente, bajé el ritmo, agoté mis días de costa...y conocí otras tantas gentes interesantes que viajan "haciendo la platita por el camino". Algunas gentes me dieron duro por lo que aprendí de ellas. Compartí tiempos, baños, cocinas, atardeceres y lindas conversaciones y canciones. Mi tiempo llegó y me juré no volver a viajar con tiempos. Mis ganas de "seguir rumbo norte" habían crecido mucho...

Dejé con mucha pena y poca gloria la cálida costa de tu Pacífico, amanecí en Quito con reencuentros y desayunos, y seguí rumbo norte...pude pisar la línea del ecuador en la turística "Ciudad de Mitad del Mundo",  cambié de hemisferio y claro, me hice la típica foto pelotuda  en la que sales (como dice un punki valenciano que conocí no más llegar a Quito) "con un huevo en cada hemisferio".

Paré una noche en Otavalo, capital de la artesanía, medio comercial...sigo imantado por el mundo de los artesanos.

Mañana te despido y cruzo tu otra frontera por la Panamericana.

Hasta prontito, taytay Ecuador, werak'ocha Ecuador.

jueves, 9 de febrero de 2012

Crecer (desde algún rincón de mis queridos Andes)

Recuerdo un domingo de primavera, tarde despejada y con un sol brillante, en la que regresaba a Buenos Aires desde La Plata, donde había pernoctado. Atravesé la capital de la provincia a pie, caminé hasta la estación de tren, y tomé el vagón del medio hacia estación Constitución. Esa ruta es medio turbia, popular, etc., aunque yo lo describiría como un perfecto retrato social. Ni siquiera recuerdo pagar el pasaje, quizás hubiera sido el único.

Estaba leyendo junto a la ventana, no hacía mucho que habíamos partido. Desde el fondo del vagón, un hombre comenzó a tocar la guitarra y a cantar dos piezas compuestas por él. En esta ruta sobre vías, se cuentan por decenas las personas que, durante la hora y veinte de trayecto, pasan vendiendo cualquier utilidad o inutilidad, pidiendo plata u ofreciendo la cultura, como es el caso. Aquellas canciones me encantaron por su letra, con un gran significado, agónico, sangriento, de las vidas de personas sencillas, del día a día, del devenir cotidiano. Cuando terminó de tocar, le di unas monedas, y le felicité por sus canciones.

- Son mías,- me contestó, y cuando me sonrió dejó entrever sus tres únicos dientes. Obeso por la dieta y el mate dulce con gashetitas, morocho, curtido. Diría 50 años, aunque probablemente nació hace 30.
Lo felicité con más razón. Sin ningún apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no tuviera que ganarse el pan en los restantes vagones, comenzó a relatarme el cómo creó aquellas letras, de sus circunstancias, de qué hablan. Me gustó muchísimo su filosofía, su realismo, su virtuosa austeridad, llamada humildad como eufemismo en este y otros muchos lares. Esas canciones gritaban de angustia y también celebraban el amor de cada día. Me gustó que se detuviera a conversar conmigo, sin siquiera seguir recolectando las monedas que, quizás, le darían otros pasajeros más atrás de mí.

Yo le seguía sonriendo y felicitando, comentando la temática y el eterno conflicto que plantean sus letras. Cuando se acabó el tema de conversación, bajó la mirada hacia mi regazo, donde yo sostenía dos libros abiertos en mis manos. Recuerdo que, antes de percibir su presencia en el vagón, estaba compaginando lectura entre "Concierto Barroco" de Alejo Carpentier y "Una introducción al pensamiento de K. Marx", de Milicíades Peña (ambos absolutamente recomendables, por cierto). Regresó la mirada a mis ojos, desde el pasillo, parado de pie, me sonrió de nuevo, y me dijo, en una especie de pregunta y afirmación:

-¿...Creciendo...?

No pude evitar devolverle una amplia sonrisa, además de telepática, y balbucearle dubitativo segundos después:

- Sí...

Crecer, eso no he dejado de hacer.

{Mi deseo es dedicar este modesto aunque más elaborado relato, a la única persona que ya lo conoció en su día}

jueves, 2 de febrero de 2012

Valladolid 15 minutos latitud Sur

Dejé Perú por la Panamericana norte, pasé Aguas Verdes, entré en la caótica Huaquillas tras cruzar el puente internacional, siempre tan comercial. Seguí hacia Migraciones de Ecuador, que queda kilómetros más allá, salí de Huaquillas cuanto antes.
Del control migratorio seguí a Machala, hora y media con bananeros a izquierda y a derecha, con una lluvia tropical, de esas a 25 grados que te hacen transpirar aún. Busqué mi ruta para Quito, paseé, hice algunas impresiones en papel, cené como un animal, y tomé aquel bus que, por 8 dólares, me llevaría en 11 horas a la capital ecuatoriana. Las carreteras del Ecuador son, por lo visto, de mucha calidad. Salí de Machala con 30 grados de noche, ahogado de calor, en pantalones cortos y camiseta sin mangas, con la ventana abierta todo el trayecto...me despertó el frío de los 2800 msnm de Quito, a las 5 de la mañana, llegando, apenas aclaraba. La entrada en Quito duró tiempo, al llegar solucioné el tema de la vestimenta, desayuné e hice una llamada.
La "tocaya de mis viejos" me estaba esperando, me indicó cómo llegar por las calles de esta ciudad, herencia colonial donde las haya: sigues por Diego de Almagro, cruzas Colón, llegas a Foch, doblas en Madrid, pasas Toledo, doblas en Valladolid, y sigues hasta antes de Pontevedra. Casualidad de las casualidades, "la tocaya de mis viejos" me aloja estos días en la calle Valladolid de Quito, frente al hostal Casa Valladolid.
Tras llegar, interminables conversaciones que me dejan días para pensar. Por suerte, mi amiga es guía turística y tendré forma de saber qué conocer y cómo.
Hoy pasé el día en interior, y satisfecho por ello, bien enriquecedor, largo para asimilar. Mañana conoceré Quito, y en los días siguientes, este "paisito" que contra todo pronóstico se me presenta inmenso, variadísimo, eso sí, con un transporte de muuuchas menos horas que los anteriores.
Estamos a 15 minutos de latitud sur.