jueves, 9 de febrero de 2012

Crecer (desde algún rincón de mis queridos Andes)

Recuerdo un domingo de primavera, tarde despejada y con un sol brillante, en la que regresaba a Buenos Aires desde La Plata, donde había pernoctado. Atravesé la capital de la provincia a pie, caminé hasta la estación de tren, y tomé el vagón del medio hacia estación Constitución. Esa ruta es medio turbia, popular, etc., aunque yo lo describiría como un perfecto retrato social. Ni siquiera recuerdo pagar el pasaje, quizás hubiera sido el único.

Estaba leyendo junto a la ventana, no hacía mucho que habíamos partido. Desde el fondo del vagón, un hombre comenzó a tocar la guitarra y a cantar dos piezas compuestas por él. En esta ruta sobre vías, se cuentan por decenas las personas que, durante la hora y veinte de trayecto, pasan vendiendo cualquier utilidad o inutilidad, pidiendo plata u ofreciendo la cultura, como es el caso. Aquellas canciones me encantaron por su letra, con un gran significado, agónico, sangriento, de las vidas de personas sencillas, del día a día, del devenir cotidiano. Cuando terminó de tocar, le di unas monedas, y le felicité por sus canciones.

- Son mías,- me contestó, y cuando me sonrió dejó entrever sus tres únicos dientes. Obeso por la dieta y el mate dulce con gashetitas, morocho, curtido. Diría 50 años, aunque probablemente nació hace 30.
Lo felicité con más razón. Sin ningún apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no tuviera que ganarse el pan en los restantes vagones, comenzó a relatarme el cómo creó aquellas letras, de sus circunstancias, de qué hablan. Me gustó muchísimo su filosofía, su realismo, su virtuosa austeridad, llamada humildad como eufemismo en este y otros muchos lares. Esas canciones gritaban de angustia y también celebraban el amor de cada día. Me gustó que se detuviera a conversar conmigo, sin siquiera seguir recolectando las monedas que, quizás, le darían otros pasajeros más atrás de mí.

Yo le seguía sonriendo y felicitando, comentando la temática y el eterno conflicto que plantean sus letras. Cuando se acabó el tema de conversación, bajó la mirada hacia mi regazo, donde yo sostenía dos libros abiertos en mis manos. Recuerdo que, antes de percibir su presencia en el vagón, estaba compaginando lectura entre "Concierto Barroco" de Alejo Carpentier y "Una introducción al pensamiento de K. Marx", de Milicíades Peña (ambos absolutamente recomendables, por cierto). Regresó la mirada a mis ojos, desde el pasillo, parado de pie, me sonrió de nuevo, y me dijo, en una especie de pregunta y afirmación:

-¿...Creciendo...?

No pude evitar devolverle una amplia sonrisa, además de telepática, y balbucearle dubitativo segundos después:

- Sí...

Crecer, eso no he dejado de hacer.

{Mi deseo es dedicar este modesto aunque más elaborado relato, a la única persona que ya lo conoció en su día}

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