jueves, 19 de mayo de 2011

Diarios de Darwinito, día 1: La partida hacia el fin del mundo

Suena el despertador. Son las 4 de la mañana del jueves 28 de abril de 2011. Pablo se levanta y yo no puedo abrir los ojos. Estoy tirado en el piso y hace sólo dos horas que duermo. Pero en mi cabeza suena: "Ushuaia", y no sé cómo, obtengo las fuerzas para levantarme. Claro, para el gallego este recién llegado son las maravillosas 9 de la mañana....no te jode. Revisamos empacaje y salimos escopetados hacia Aeroparque.



Llegados a Aeroparque, una no muy ardua gestión nos permiten que los pilotos viajen en cabina, todos, como debe ser. Vamos asimilando el vuelo que vamos a tomar, pero no terminamos de creerlo. Ya son casi las 7.30, está amaneciendo. Despegamos.


Yo con mi ventanilla derecha, bien elegida, paso unos minutos relajados y a la vez emocionados, admirando uno de los despegues más lindos que experimenté (anda que no me quedaba por ver en este vuelo...): nuestro MD-80 despega hacia el norte y puedo observar de golpe el reflejo del sol, que está en el horizonte, sobre el río de la Plata, con un destello que termina "al otro lado", en lo que probablemente sea Colonia o Montevideo, y que poco a poco se divisará mejor. El avión vira entre arcoiris y reflejos, Buenos Aires brilla ahora allá abajo, a mi derecha. Consigo distinguir todas las avenidas, resplandecientes y repletas de vida urbana, todos los barrios y sus delimitaciones. Monumentos como el obelisco, ahora hechos para hormigas. Y seguimos ascendiendo sobre este inmenso río, entre luces y más y más reflejos, mientras que Buenos Aires nos va mostrando su inmensidad que llega hasta el horizonte oeste. Noto que cada vez conozco más esta ciudad.

Alejándonos de capital, la provincia de Buenos Aires se transforma y pasa a ser un paisaje monótono, con diversas estancias a lo largo y ancho, que no puede diferenciarse de la provincia que le sigue, su vecina La Pampa. Esto es todo pampa, y la meseta se extiende hacia el sur, limitada por la contorneada costa atlántica, que nosotros bordeamos con nuestra sombra. Siempr rumbo al sur, nunca hice un vuelo rumbo 180º. Tras escribir un rato, boquiabierto por el espectáculo, caigo rendido. Me medio despierta una voz:
"- ¿Es usted el señor Alejandro? - Sí... - Lo llaman de cabina." Yeah! Sobrevolamos la península de Valdés, majestuosa desde el aire. Me esperan tres caras sonrientes y parlanchinas, mi compañero de viaje, copiloto y un comandante del que podría pasarme horas hablando. No paran de "joder" entre ellos, de reír, y hace rato que decidieron que la típica conversación aeronáutica no les interesa tanto como la joda de España, las mujeres, pendejos de aerolíneas e historias personales. El caso es que me siento con ellos y pasamos las siguientes dos horas de vuelo juntos, inolvidables por cierto. Somos cuatro en cabina, y al oeste se va viendo cómo la tierra adquiere otro color, más árida (patagónica...) y la costa también, siempre bordeándola. Este comandante es un pendejo, y no voy a nombrar ni su nombre ni la compañía aérea para soltar anécdotas como el cigarrito que se echó con nosotros antes del descenso, la tripulación ya sabía que aquello era sagrado, y hacía de cómplice. Los pies encima de los mandos casi. Pero entre tanto no paramos de reír...! Y lo más espectacular: Descendemos y la costa a nuestra derecha siempre se retrae y de vuelta avanza hacia el ese. Al fondo, los Andes comienzan a divisarse: vienen de muy lejos y van a sumergirse al sur de la Patagonia, donde se estrechan para encontrarse una vez más Chile y Argentina, para emerger de vuelta como Andes también en la Isla Tierra del Fuego.

Y en esas estamos: admirando esta inmensa cordillera que viaja hacia el sur como nosotros, y se presenta altísima, nevada, blanca y con abruptos desniveles, bajo nosotros. Vemos el Estrecho de Magallanes, y bajo nosotros se presenta la Isla Tierra del Fuego. Aquí los andes viajan de oeste a este, y no son de broma: las alturas superan los 3000m. en esta tierra austral y de colores diferentes (por no hablar de Coriolis, Jandrito...) y el descenso es todo un espectáculo: cordillera blanca y más blanca, con picos afilados, esbeltos, aristas alargadas y pequeños cañones nevados entre montañas. Latitud 54º sur. Al fondo, aparece tras las montañas el canal de Beagle, de aguas plomizas y de un color tenebroso. Y entre éste y la cordillera transversal, escondida, Ushuaia. Alcanzamos la costa y en frente la isla Navarino (Chile) plagada de rojos y marrones y verdes, fruto del otoño sobre los bosques australes (nos quedaba mucho por ver...) El avión vira a la izquierda para comenzar la aproximación, y en el viraje podemos admirar el cielo azulísimo y sentir que tocamos esas montañas tan peculiares, blancas, negras, esos bosques en sus faldas que brillan en rojo y amarillo, ese canal con fuertes corrientes siempre de oeste a este, de Pacífico a Atlántico.... El espectáculo me emociona y abre mi boca inconscientemente. Además, tenemos la oportunidad de observar las operaciones de los pilotos, todo un dilema... Habiéndonos alejado de pista, viramos 180 grados, "con cuidado de no tocar esas piedras (montes)" y comenzamos el tramo final. Con un país a cada lado, aguas bajo nosotros, cordilleras cerrándonos camino, y un cielo precioso despejado, nos aproximamos al aeropuerto y Ushuaia se divisa majestuosa al borde de la montaña y de la costa, cayendo en picado. Dicen que hasta hace poco Ushuaia presentaba una de las aproximaciones y aterrizajes más complicados del mundo... Además, la pista presenta un corte/acantilado artificial en su inicio, que cae al mar, como si de un espigón se tratara. "Hay que procurar no golpear ahí", nos bromea el comandante, en mitad de la operación. Touchdown, llegamos.

Nos despedimos de estos chavones tan copados que nos han convidado un gran rato, y tras retirar las mochilas y comernos un tomate cada uno porque está prohibido ingresar frutos "contaminados de la urbe", salimos de la terminal.


Estamos exaltadísimos y no nos creemos todavía dónde estamos. Pero el vuelo ha sido un regalo no esperado... El viento, que será nuestro compañero de viaje perpetuo, sopla fuerte, frío y húmedo, pero es algo nuevo y especial. El sol brilla muchísimo al norte, bajo el la cordillera brillante y blanca, al sur el rojo de chile y el azul plomizo del canal.
Nos presenan a quien será nuestro VERDADERO compañero de aventuras: Darwinito. Un VolksWagen GOL que no llega a GOLF y que transformaríamos en GO! (no es broma). A este tipo le espera una buena, que se prepare! Será razón de alegrías y amarguras...


Agarramos el auto y penetramos en Ushuaia. La ciudad empinada sigue brillando por el buen clima que hemos encontrado, y no podemos evitar hacer fotos cada dos por tres, fruto de la emoción, como del famoso monte Olivia, más arriba. Pasamos por el hostel, maravilloso, barato, calentito, cuarto para los dos solos...aquí dormiremos como reyes!! Darwinito comienza a ser nuestro almacén. Repostamos y compramos alimentos y tiramos para Playa Larga. Allí pasearemos por una hora mientras vemos cómo la tormenta, del otro lado del canal, avanza hacia nosotros. Pero tranquilos, durará poco y cambiará otra vez el tiempo. El clima aquí es así: extremadamente cambiante, y así seguirá en la Patagonia.






Respiramos otro aire. Muy puro, frío, marino, tan fresco. Nos resguardamos en un bosquecillo para almorzar y charlar. Nos relajamos y encaramos el comienzo de la aventura, ahora sí!. Tras un rato agradable parlando, regresamos por Playa Larga y Darwinito nos aleja de aquí. Este paseo ha tenido algo de especial, ha sido nuestro bautizo en esta tierra, nuestro asimilar que sí, que habíamos llegado hasta aquí, que lo que teníamos en frente era la primera de las islas del Cabo de Hornos, que lo que teníamos detrás eran los Andes a punto de morir entre el Atlántico y el Pacífico... Demasiado para un único día, no obstante.


Nos escapamos, ya que el tiempo lo permite, hacia el Cerro Martial, que junto con el Glaciar Martial, tienen por ruta una estación de esquí actualmente fuera de temporada. Ascendemos en eses con Darwinito, nos sorprendes los perros salvajes quedabanunmiedoquetecagas, y soltamos el coche arriba del todo. Comenzamos un ascenso por la pista, y poco a poco la temperatura va cayendo, la nieve se hace más frecuente, pero las vistas hacia atrás mejoran...






Tras experimentar esta soledad y frío allí, y también esa frustración por no alcanzar la silla de montar que podemos alcanzar a ver allá arriba, decidimos comenzar el descenso debido a que la luz se va pronto en estas latitudes (aunque todavía es otoño, sólo). En ningún momento hemos dejado de charlar, reír, hacer fotos, experimentar con el aire, el sonido, la vista. Abrir la boca de admiración y sentir el vacío y el abandono de estos lugares del planeta. Definitivamente, qué buena onda de compañero de viaje me he agenciado. Aunque coincidimos en que, en estos lugares, en estas experiencias, unos minutos de callar y sentarse a oler, ver, escuchar la nada, son experiencias obligatorias.

Estamos rotos y a la vez plenos por el día de hoy. Regresamos al hostal y una sopa caliente, una ducha igualmente caliente, ropa de abrigo, calefacción, y sequitos acabamos en la cama tras un día físicamente duro pero, para mí, emocionalmente agotador.

A pesar de todo, tardo en dormirme. Estar en este lugar del globo era una meta personal, de algún modo. 
Este lugar tiene mucho de especial, y sólo imaginarme un globo terráqueo y un punto sobre Ushuaia me pone los pelos de punta, sólo visualizar dónde estamos.
Es obvio que el cielo aquí también es azul, que el aire tiene oxígeno y que las cosas caen por su propio peso. Aun así, quería venir a comprobarlo...

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