martes, 24 de mayo de 2011

Diarios de Darwinito: día 3: de Ushuaia a Puerto Natales

Aquella noche, por alguna razón, no dormí tan profundamente ni tan caliente como la primera. El día siguiente nos esperaba una gran ruta en coche, la tormenta de nieve de la noche hizo bajar la temperatura de nuestras habitaciones, y aquellos maravillosos nórdicos no fueron suficientes.

Son las 7.30. Entre malos humos por alguna razón personal de los dueños del hostal, nos preparamos y salimos de allí. Nos encontramos con que nuestro Darwinito está escondido bajo una capa gruesa de nieve. Nos ponemos a quitarla sin dificultad, pues ya no hiela y no está adherida al coche. Sabemos que el tiempo va a estar jodido en la ruta. Está amaneciendo y el cielo parece que se despeja, pero las nubes van hacia el noreste, cruzando los Andes, hacia donde nosotros nos dirigimos.




Pablo y yo hacemos un pacto de "no correr" e ir sin prisas. Tenemos la carpa, víveres, e incluso un rídiculo spray de "cadenas líquidas" que nos han medio obligado a comprar en el control policial que está a la salida de la ciudad, donde también nos anuncian que en Tolhuin (pueblecito a medio camino, en el puerto de los Andes) está nevando fuerte. Comenzamos la ruta. Miro hacia atrás y vislumbro cómo comienza a aclarar en esta ciudad tan mágica y que ha sido un impresionante comienzo de nuestro viaje. Nos despedimos de Ushuaia, la ciudad más austral del mundo. Ahora el rumbo impuesto es al norte. El canal de Beagle también se despide, majestuoso y con ímpetu en sus corrientes, para morir en ese océano que tan familiar nos es, el cual reencontraríamos en unas horas, al otro lado de la cordillera.


Por alguna razón, me quedo de copiloto y le fío el control, en estas circunstancias, a un loco de este tipo. Pero bueno, la mayor parte del tiempo quita esta cara y conduce tranquilo, a veces tenemos que ir a 30 por hora porque el hielo en la carretera es constante en algunos tramos, pero salió el sol, dejó de nevar, y apenas hay tránsito. El paisaje que nos vamos encontrando es de un bosque austral en invierno, pero con las montañas a los lados siempre mirando desde arriba, muy arriba.




(¿Veis? Más tarde, el chavón se puso más serio... hasta daba confianza)



Asecendemos para después descender, poco a poco. Durante el viaje, excepto los momentos de necesario silencio y seriedad por las condiciones de la ruta, no paramos de hablar, reír, charlar...y ante todo contrastar impresiones, asombro, admiración por el paisaje que atravesamos, por el lugar que estamos recorriendo...cierro los ojos y vislumbro de vuelta un globo terráqueo: es difícil asimilar y hacerse una idea de la esquina del mundo por la que nos movemos! Las bocas abiertas lo siguen estando a medida que descendemos: como digo, la conversación, tan fluida y amena, se interrumpe constantemente para observar y comentar el paisaje...a veces incluso detenemos el coche para echar una foto, respirar una bocanada de aire fresco, puro, y muy frio, admirar de vuelta el lugar, caminar en la nieve o miccionaaaar.



Pero estos Andes australes ya languidecen, pues están por sumergirse en el océano Antártico , por lo que atravesarlos nada tiene que ver con el altiplano boliviano o peruano. Hemos dejado atrás Tolhuin y el espectacular lago Fagnano (que bajo él oculta nada más y nada menos que una junta entre la placa tectónica continental americana y la diminuta y desconocida placa tectónica Cosetia, y que "dividiría" esta isla en dos, según un paralelo aproximadamente; tiene unos 110 km de largo y tuvimos la suerte de admirarlo, como si de un mar se tratase, desde la cabina del avión al llegar, entre cordilleras heladas).
El panorama al otro lado de la cordillera, es el siguiente:


Pasada la prueba montañera, i got the control of the airplane. Esta mitad noreste de la isla Tierra del Fuego es patagónica, y se asemeja a lo que nos encontraremos más al norte, ya en territorio continental, al otro lado del estrecho de Magallanes, al norte. Carretera en buen estado hasta Rio Grande, gran asilo de pescadores, industria poco encantadora, pozos petrolíferos, retirada de actores multimillonarios de Holywood y también de ex presidentes yankees...pasemos rápido por favor! Esta población, como digo, industrial, pesquera y algo mafiosa, es la llamada capital de mundial de la trucha (mayores truchas del mundo se pescan aquí), está a orillas del océano Atlántico ya y presenta un polígono y un extrarradio industriales que tardamos bastante en atravesar. 

 



Darwinito, en ruta.


Sin embargo, antes y después viajamos por la costa, bordeándola, con el brillo y resplandor del sol sobre las aguas del océano. El día resulta soleadísimo, incluso caluroso dentro del coche, pero siempre, siempre, muyyy ventoso. La belleza del mar con su sol y de, al otro lado, este paisaje ya más árido, seco, amarillo y de estepa, con guanacos (llamitas) paseando por sus campos, nos acompaña entre muchas risas hasta el paso fronterizo de San Sebastián (o sea, Donosti). Respotamos combustible...imprescindible, tardaríamos unos 600km en encontrar otra estación, pero además, la nafta (gasolina) cuesta 3,4 pesos el litro aquí...(0'60 €) y en Chile los precios son europeos básicamente. Pablo toma el mando y cruzamos la frontera argentina, olvidándonos un cierto trámite...ejem. A los 10 km, la frontera chilena. Los trámites son pesados, arduos, y aparentemente estrictos. Le damos una palta a los aduaneros, para que se queden tranquilos, engullimos ciruelas y el resto de la fruta y fiambre los llevamos de contrabando (qué coño...!!!)



 

Miramos el reloj. 13.39. Nos miramos. Corramos! Si queremos llegar a la balsa (ferry) de las 15.15...un malentendido en que el piloto no llegó a enterarse de que habría otro servicio de balsa a las 16 para cruzar... Por tanto, corrimos. Ya no hay ruta, asfalto. Ahora hay "consolidado" (bonito eufemismo para una carretera de piedras!) Vamos apretando, y cada vez más, cada vez corremos más...Pablo se empeña, gastando, por la concentración, una cantidad ingente de azúcares, y cuando nos queremos dar cuenta estamos en un verdadero rally, adelantando como locos a los coches, tragando las piedras que nos saltan al parabrisas, las que nos saltan al chasis y nos duelen en el culo como si nos golpearan directamente en el asiento... 150 por hora? Lo siento Pablo, tenía que contarlo...aunque nunca te culparé por ello! Lo hiciste muy bien!


 Lo que él nunca entendió es cómo yo, con el rico calor del sol, y a pesar de la adrenalina que en ese momento segregábamos, voy y me duermo durante media hora, entre adelantamientos y derrapes...yo tampoco lo entiendo. Despierto cuando ya se divisa el paso del estrecho de Magallanes, al fondo, se llama paso de Primera Angostura, es el más angosto del Estrecho. En 5 minutos llegamos a una carretera con un final brusco: un muelle con una balsa con las puertas abiertas, para nosotros ahora el paraíso. Aunque estamos en mitad de la nada, esto es un puertecito en mitad del desierto. Un operario nos indica que pasemos, y en qué lugar entre los otros coches estacionar apretadísimo dentro de la balsa. Estacionamos. Apagamos motor. Miramos el reloj y nos miramos. 15.19. Give me five! "¿cómo lo hiciste?!!".
Se termina de llenar el barco con algunos de los coches que habíamos adelantado. Partimos.


Dentro del barco, que demora 25 minutos en cruzar el estrecho hasta Chile continental, dependiendo de las corrientes, pagamos la tasa, y a Pablo lo intimidan el resto de pelotudos chilenos, camioneros prepotentes, por haber corrido. Estaba en el baño y no pude defenderlo. Medio cagados de miedo, medio cagados de risa, volvemos al coche. Ya llegamos. Tomo el mando, salimos de forma ordenada del ferry, sobre ruedas, y nos alejamos de los tipos que nos van a estar esperando en la carretera... les decimos chau a los operarios, y mientras la balse se llena de autos para hacer el recorrido inverso, pongo rumbo a Punta Arenas, y Pablo y yo nos alegramos de haber guardado estas paltitas, con las que él nos hace unos maravillosos sanguches de palta, tomate, queso, salame...


Justo a tiempo!

Bordeamos la costa sur de la parte continental durante una hora o dos. Dirigiéndonos hacia el oeste, penetrando más en Chile, a nuestra izquierda todavía divisamos la abandonada isla Tierra del Fuego.
El paisaje sigue siendo precioso y amarillo, seco, brillante por el sol, inmenso, vacío y extendido, siempre visible el horizonte. Playas apetecibles, barcos encallados y, de ahora en adelante por la Patagonia, "estancias", que llamaríamos fincas, campos, privados, que son asentamientos que durante el último siglo y medio se fueron poblando de inmigrantes y pobladores, que vinieron a ocupar esta zona abandonada del planeta. Uno encuentra aquí descendientes de polacos, holandeses, italianos, alemanes, españoles, libaneses, armenios...cualquiera. Atravesamos algunas estancias, sólo dos pueblitos de ni 50 habitantes en los siguientes 300 km. En el desvío hacia Punta Arenas, evitamos éste último y tomamos rumbo hacia nuestra siguiente parada: Puerto Natales. Qué suerte: la conversación durante el viaje fue constante, divertida, profunda, amena, sincera... Manejé yo durante esta fase más monótona pero igualmente asombrosa como paisaje. El buche está lleno y el sol va avanzando por el firmamento, las horas pasan y con nuestro mapa estamos perfectamente orientados. La ruta es ya de asfalto.




Van acercándose las 18hs, y al fondo, hacia el noroeste, podemos comenzar a apreciar cómo los Andes reaparecen, aunque antes de ello, unos 200km alejados de nosotros, se ve en el horizonte el sistema al que pertenecen las Torres del Paine, nuestro objetivo. El cielo es majestuoso porque el sol comienza a caer; nos acompañó durante todo el día.

Sucede que Pablo quiere manejar, que la rueda trasera derecha está muy pero que muy, preocupantemente baja, y que se va la luz. Bueno, también que el paisaje merece muchísimo una parada, que hace 3 horas que conduzco, que queremos respirar este aire, sufrir este viento, caminar por esta tierra, por este asfalto...y que ha llegado el momento "pika" (creo que en España lo llaman momento "ol bram", o algo así...), todo un placer con este atardecer.


Al fondo, las Torres del Paine, la cordillera.






Si es que era el momento...






Darwinito también gustaba de mirar el atardecer, tras tanta ruta rectilínea, infinita.

(momento pika...)



Pablo toma el mando. Estamos a 30km de Puerto Natales, y ha sido un día durísimo de carretera. No obstante, estamos frescos, pero Darwinito está con la lengua fuera, y la ruedo pinta muy mal. Lleguemos como podamos a Pto. Natales. Tardamos poco, ya casi se ha ido la luz. En una estación de servicio llenamos el depósito, que estaba casi vacío. Joder qué caro! Nos recomiendan ir a ver al Gringo, para solucionar nuestro problema. En un barrio de la ciudad, del pueblecito (15.000 habitantes), un chileno rubiales nos atiende: tiene un garage con miles de cubiertas, gomas, herramientas. Creo que en 10 minutos y unos 5000 pesitos no más nos soluciona temporalmente el problema, cambiando nuestra rueda por otra, pero de segunda mano, que si no nos quedamos sin pesos chilenos para llevarnos algo al buche. ¡Nos ha salvado la vida, o por lo menos, nuestro viaje!

¿Y ahora qué? Son las 20hs, noche profunda, not much money, y a 150 km del parque nacional Torres del Paine... No hay para hostal, tampoco...compramos algo de comida, escatimando... ("estamos al orto", como dirían al otro lado de la frontera) Pues marchemos, y lo que surja. Agarro el volante y salimos de Pto. Natales dirección parque nacional, que ya hemos chequeado que cerró sus puertas por hoy, así que tendremos que esperar hasta mañana. Pasamos una media hora avanzando hacia el parque, en busca de un especio en mitad de esta inmensidad patagónica, que no esté jodidamente vallado. Está muy oscuro. Finalmente lo encontramos. Escondemos a Darwinito para que no nos delate con su brillo ante los focos de los otros coches que pasen. Estamos a unos cuandos metros de la cuneta, tras unos arbustos. Hay nubes, y la oscuridad es absoluta, no se ven estrellas, la luna es nueva...

Son las 22h. Estamos agotados, con ganas de llegar mañana, pero más de descansar. Darwinito dice que también, que le duele un poco la pierna derecha. Soltamos la tienda. Menos mal que Pablo tiene más empuje, experiencia e iniciativa, porque yo ya voy crujiendo y no sé qué terreno es mejor para plantar la tienda. Me fío de él, bien agusto. La carpa Dos Segundos está lista en dos minutos, y tras ello cenamos en el coche. Son varias las veces que dejamos de parlotear para escuchar el silencio, o más bien el espectacular viento que nos azota. Se nos va la lengua durante una media hora, y llega el momento de espantar los conejos y meter los sacos de dormir en la carpa. Vestidos, con mallas, con camisetas térmicas, con turbante y mitones, nos metemos en ellos y caemos rendidos. Yo dormiré inquieto, el viento nos despertará en varias ocasiones, no por el frío, sino por el ruido que a un metro de nuestras cabezas despide el azote con la carpa. No obstante, una noche más, estamos satisfechos por dónde estamos, hasta dónde hemos llegado... Sobre nosotros el cielo sigue gris, pero estamos absolutamente solos, casi no hay animales. Estas últimas fotos son del amanecer siguiente.




Mañana, cuarto día, sería increíble también. Parque natural Torres del Paine.
Pero eso es otra historia.

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