Salir de Mendoza hacia la frontera es toda una carretera no muy curvilínea, pero constantemente ascendente, que discurre por un paisaje de quebradas, cañones, riachuelos, rápidos y todo ello mientras te sumerges en la cordillera, de forma que ésta termina rodeándote. Tras dos horas de desagradable ómnibus (hagan dedo, amigos) arribo a Uspallata, pueblo de montaña, última estación de todo antes de lanzarse a cruzar hacia el pais vecino, cordillera a través. El bus está lleno de locales, que ya son más parecidos en aspecto y dejo al chileno "del otro lado" que al argentino del litoral. Amablemente me orientan al llegar.
Suelto mis cosas en un hostel, una vez más, estoy casi solo (me adelanté a las vacaciones?). Charlando con el dueño del hostel, de mi edad, le alquilo la bici, reposto, y así no más, recién aterrizado a los 2000, enfilo hacia (otra) loma de los 7 colores. Quería aprovechar la tarde, y me sumergí con una vieja mountain bike (cómo extraño mi bici porteña...) en el desierto, rumbo al este, en otra subida constante y agotadora, poco reflexiva, pues comenzó a faltar el oxígeno. Rodeado de cumbres y de poco más, llego al final de la ruta tras 2 horas que fueron eternas y agotadoras. Como buen desierto, no había más que eso, desierto. Tras llevar a la práctica excalada suicida, "decido" que estoy más que exhausto y que mis músculos piden reposo, glúcidos, reservas y oxígeno. Las dos horas de ida se deshicieron con 15 minutos de trepidante descenso al atardecer, Uspallata me esperaba en su verduzco valle con el sol naranja al fondo, tras una cordillera tormentosa que imponía muchísimo. Yo me preguntaba por dónde carajo es que cruzan los buses, y cómo Don José y cía se atrevieron a cruzar en ejército por primera vez a caballo. Se veía gris y alta, eterna de norte a sur. Mejor dejemos el cómo para mañana.
Atravesé el pueblo observando los habitantes de este enclave de montaña, de escalada del Aconcagua, donde todo viene de afuera. En efecto, no podía más, aunque pude compartir cena con los compadres del hostel, recopados, y probar una deliciosa pizza al horno de leña casero, pero lo mejor fue el maiz: envuelto sobre su propia hoja, al horno de leña, y listo, sin sal ni manteca. El mejor que probé.
Pasé la peor noche del año, sin poder moverme ni dormirme. Ni mis músculos ni mi cabeza respondían.
Amanecí temprano, antes que el sol (estar en cama era definitivamente perder el tiempo). Arreglo el desarreglo de la mochila desperdigada, desayuno, me despido de Carlos y Osvaldo, les pido que por lo menos me deseen suerte...y camino hasta la ruta, a la salida de Uspallata. Ni un camión en la YPF, habrá que esperar en la banquina. Mis bultos y yo nos colocamos bien, ya con experiencia, dándole la espalda a la cordillera, apuntando hacia ella. El tercer camión que pasa nos levanta. Sebastián, de Godoy Cruz, Mendoza. Anchote, robusto, con anteojos, morocho, súper alegre y sonriente, aunque no le entiendo ni papa por su cerrado dejo provinciano (o de la carretera). Todo buena onda, nos embarcamos hacia el interior verdadero del cañón, por donde discurre una carretera delicada, y 9 de cada 10 vehículos son camiones. La conversación de protocolo se repite entre mates, a saber cuántos tomaré hoy a este paso. Sebastián lleva yeso, aunque ahora va vacío. Va a buscarlo a una mina que se encuentra justo en la frontera, del lado argentino, en Las Cuevas...ha de salirse de la ruta internacional y ascender a los 4300 msnm para cargar. Me habla de su familia, de los accidentes en esta ruta, de que sorprendentemente nunca cruzó a Chile. Disfruto muchísimo de esta conversación, mientras mi mandíbula se cae a cada paisaje nuevo que descubrimos. Una estrecha vía de tren, ya en desuso discurre entre túneles casi naturales en la roca, de nuestro lado.
Me suelta en el puente del inca, casi me da pena despedirme de este capo. Visito uno de los lugares más increíbles que hay en este país, pero no tan visitadas. El Puente del Inca es una construcción antiguo, de varios siglos atrás, y actualmente cerrada por prevención de derrumbe. Lo impresionante es el emplazamiento y el aspecto que la sulfuración de siglos le ha dado. Antiguamente se podía cruzar, y había un balneario. Hoy sólo el río que pasa bien abajo es el que toca esta monumento, sulfurándolo más día a día.
http://www.google.com.pe/search?q=puente%20del%20inca%2C%20argentina&um=1&ie=UTF-8&hl=es&tbm=isch&source=og&sa=N&tab=wi&ei=6GAPT8j_DdL1gAf8_bWEBA&biw=1280&bih=909&sei=6mAPT6P9GNL5ggeDjo37Aw
Conozco a unas porteñas mayores, bohemias y progres, con las que mantengo una interesante conversación evocando el lejano Buenos Aires y el continente. Me llevarían a la siguiente parada, pero pagaron el tour y... "no hay drama, señoras, yo camino". Agarro mi casa y me la echo a la espalda de vuelta. Y con ilusión, determinación y sin freno, comienzo a recorrer la banquina izquierda, dejando el cañón a un lado y la carretera al otro. Pasan vehículos, pero me decido a continuar por pie propio, siempre hacia el oeste, siempre subiendo. Camino feliz durante media hora, a pocos kilómetros comienza a aparecer ese monstruo, el pico más alto del continente americano. Aconcagua, 6962 msnm. Va apareciendo y desapareciendo, hasta que llego a la base de montaña. Ingreso al Parque Provincial y asciendo a pie hasta el mirador, donde me reencuentro con gente de antes. Acá la vista es imponente, y el nevado descansa, en silencio, bien al fondo, como esperando a que alguien se le acerque a ascenderlo. Me quedo con las ganas de penetrar más en el Parque, se necesita bastante plata, mucha preparación, equipo y 3 semanas para coronar el cielo de América. No obstante, me quedo conversando con los dos grupos de argentinos y franceses, buena gente, algunos también rumbo al Perú, que están pasmados conmigo ("el mochilero, el del turbante", me bautizan).
Desciendo, agarro mis bártulos, y continúo ruta. El primer camión que pasa me levanta. Antonio, chileno de unos 50 años, mayor y gastado, calladísimo, serío, casi triste, concentrado lúgubremente en la carretera. Su cabina, como otras tantas, llena de dibujos y de fotos. Sólo veo la de un niño, vestido o disfrazado, con síndrome de Down. Le pregunto si tiene hijos. "Uno". Me quedo observando los dibujos y el paisaje comienza a dar miedo. Estamos a 10 km de la frontera, el desvío al Cristo Redentor queda atrás (ando cansado de cristos everywhere...además que hay que salirse de la ruta, hacia la mina, y ascender a los 4000...mi prima me espera en Santiago). Pasmado constantemente, veo el túnel internacional "El Libertador", de varios kilómetros. A la salida aparecen inmensos despeñaderos y picos altísimos rojizos, naranjas, tierra. De frente, una hilera de 200 camiones. Me despido y camino hasta la aduana. Hago los trámites, que si voy en bus, con carga, en vehículo privado... No, voy solo. La funcionaria chilena no se lo cree, pero le explico, y le cuenta a su superior que voy a dedo. Me hacen un documento especial para los que cruzamos la frontera literalmente a pie: el "Pacs a pie". Me escanean torpemente el equipaje, me sitúo a la salida del estrecho cuello de botella por el que gotean vehículos hacia Chile. Apenas levanto el dedo con un cartel dando pena para ir a Santiago (y no a cualquier otro lugar) y un cabeza para el camión frente a mí. Me dice que si le aguardo un ratito, me lleva, que va a San Antonio, gran puerto marítimo al sur de Valparaíso. En ese lapso de tiempo se me acercan otros tantos camioneros que buscan compañía, rumbo a Los Andes, San Antonio, Antofagasta, Arica, etc. Espero al cabeza, todo un cabeza... Nayem. "Sos chileno, vos?" Me mira asesinándome con la mirada, va a ser mendozino. No sólo eso, detesta a los chilenos. "Esos culeaos, son unos pijas todos, concha de su mae". Entre esabruptos me va contando su historia, pero antes vislumbro lo que para él es el día a día (o semana a semana) que resulta lo más increíble que he visto en una carretera. Me habían hablado de los famosos "Caracoles", pero no podía imaginar algo así.
Acá unas fotos en webs que encontré.
http://www.tuviaje.com/2011/02/10/las-carreteras-mas-espectaculares-del-mundo/
http://www.diariomotor.com/2010/08/10/los-caracoles-del-paso-del-cristo-redentor/
El desnivel es de más de mil metros, con unos 2 km en distancia horizontal. Son unas 29 curvas, "caracoles". Demoramos una hora en descender, a entre 10 y 20 km/h. "Se hacen booosta los pibes", me explica Nayem lo que sucede cuando hay un accidente... Él se demora 2 horas en subir, cuando va cargado.
Nayem lleva madera, desde Concepción del Urugua (Argentina, frontera con Uruguay) vía Mendoza hasta San Antonio, donde embarca hacia países com China o España (esta último no me cuadra, por cuestiones geográficas). Hace 19 días que es padre. "Sabés cómo estoy!?", exclama, mientras le cebo un mate muy solicitado por él (qué bien hice en guardarme agua caliente en el termo). A cada curva se te ponen de corbata, mientras, él escribe sms tranquilamente, toma mate, saluda a sus compañeros, con los que se cruza, e incluso adelanta. Yo cagao, comienzo a conversar con este loquito chilenófobo, de 34 años, desde los 12 que está en la ruta, con su viejo. La conversación es divertida, radical y superficial. Este pibe es un personaje. Con pena, dejamos el impresionante espectáculo visual que comenzó nada más salir de Uspallata, y discurrimos valles hasta Los Andes, ciudad intermedia comercial. Me voy enterando de sus trapiches, mientras me hago idea de cómo será la vida de este pibe. Doblamos hacia el sur, el sol me da bien fuerte, la ventanilla está atorada, y yo con ropa de montaña.
Dos soleadas horas entre malos conductores chilenos (y blasfemias y barbaridades proferidas por Nayem contra ellos) nos separan de la contaminadísima Santiago, con un tránsito terrible. Vamos pensando dónde me puede dejar...en la circunvalación, junto a la carretera norte, la 5. Temerariamente, me suelta en una especie de M-30, corro con mis bultos, escapando de ese infierno... Transito buscando el modo de llegar al centro. Pregunto, y me sugieren que como no tengo la tarjeta de pago de Santiago (la nefasta Bip!) me suba no más al bus. "¿Pero cómo?", no entiendo nada, pero me insisten. Me tomo un bus, le explico al conductor mi situación, que me interrumpe, conformándose. Qué raro. Me bajo donde me indican, voy a tomar el siguiente (preguntando se llega hasta el fin del mundo...) y el siguiente bus me hago una vez más el boludo, que dónde pago (mostrándole monedas, cual porteño desubicado) y el conductor se ríe de mí, mientras los pasajeros me apoyan, que es normal, que me va a llevar igual. Impensable al otro lado de la frontera! Me bajo en Santa Ana, donde el metro...debo de estar cerca. Pregunto por la cercana avenida de Brasil a un verdadero cojudo que me habla de irme a la otra punta de la ciudad (se llega al final del mundo...pero hay que chequear!) y el mapa del metro me orienta, estoy a 4 cuadras. El "weón" era un desubicado o un hijo de puta. Compro una gaseosa, y el flaco me pregunta, bien chileno "¿De qué lao soi tú?". Casi me río, pero le respondo en un fingido acento mendocino: "De acá al ladito, de Mendoza..."; "Yo también, de Maipú", me miente el santiagueño.
Pongo primera marcha y camino 2 y 2 cuadras, por el agradable y bohemio barrio Brasil. Queda una hora del brillante sol con que me recibió Santiago. Encuentro la puerta, subo, pregunto por mi prima.
"¡Sorpresa!", y nos abrazamos tras años sin vernos.
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