lunes, 2 de enero de 2012

Mendoza

Es 13, martes. Decido volver a Maipú, alquilar una bici, pasearme entre viñedos, visitar bodegas. El cuerpo me responde mediante sus reservas. El paisaje es precioso, la cordillera omnipresente hacia el oeste. Pero a un pibe crecido en la Ribera del Duero no van a impresionarlo con cualquier vino y menos con cualquier bodega de "sólo" 150 años...así que tras la primera visita, bien pedorra, huyo de la ruta turística, me pierdo entre viñedos, me acuesto 2 maravillosas horas bajo un sauce cortavientos, donde ronco y recupero fuerzas en solitario. Los viñedos están entre asentamientos paupérrimos, y por las vías principales grupos de turistas yankis e israelíes pedalean en grupos domingueros de fingidos viajeros bohemios. Visito una bodega que da vino gratis. Aprendo algo de las cepas, del proceso...lo mejor fue visitar la fábrica de aceite de oliva. La explicación traía los nombres de España, Grecia, Italia, constantemente. Acá no hay costumbre de alimentarse con aceite de oliva. Mendocinos toman de media 5 litros de aceite al año, españoles 20, griegos 40. En esta visita, "muestras" gratis de todo tipo de productos, aceites, cremas de oliva, morrón, roquefort, etc. y todos los dulces de leche y las confituras habidas y por haber. También licores, cremas: de whiskey, de chocolate blanco...de pimienta! La mezcla que me llevo en el estómago es, cuando menos, original. Me desangro por la nariz, debido al calor, al inclemente sol serrano.

Devuelvo la bici, y regreso a Mendoza, donde me espera Bruno, a quien alojara en Madrid hace más de un año, junto a su amigo de infancia y compañero de cuarteto de tango, Germán.

Mi compadre,Bruno, es famoso en la ciudad. Ayer mismo tocó en la plaza San Martín. Me pasa a buscar con el coche, no nos vemos desde que lo visitara con mi bici una noche lluviosa de invierno, un 15 de agosto, en el departamento que tiene en Barracas Daniel Binelli, bandoneonista profesional, y líder del quinteto de tango que ahora lleva a Bruno, los músicos, y otras 6 parejas profesionales de bailarines, por todo el mundo, París, Verona, Roma, toda Alemania, Qatar, Madrid...y a quienes pude admirar en el teatro del de Canal, en esos días previos a partir, y que constituyó una buena apertura de paladar a la cultura Argentina (hasta hoy, el mejor tango que vi y escuché).

Me pasea en su auto por la ciudad, la veo desde el punto de vista de un mendocino. Subimos al Cerro de la Gloria, en el parque San Martín, inmenso parque urbano. Ascendemos a los 1200 msnm (Mendoza está a 950), y la vista de la cordillera y la ciudad al atardecer sobrecoge. La estructura urbana: 5 barrios, más tantos asentamientos de los que Mendoza no se libra. Visitamos el monumento a San Martín. El libertador estableció, tras la Revolución de Mayo y la Independencia Argentina, su residencia familiar en Mendoza, durante la cual preparó el ejército y el meritorio cruce de los Andes para batallar a los españoles en Chile, "liberar" Chile, y seguir hacia el Perú. "San Martín debería estar enterrado acá, no en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires", se queja. El monumento al Libertador es una escultura inmensa y bellísima que aparece en los billetes de 5 míseros pesos, en los que figura San Martín. Oscureciendo, bajamos al laguito. Unos bosques de Palermo en minuatura, gente haciendo deporte, paseando con sus familias. Todo un paraíso, deseable en cualquier urbe. A pesar de todo, comienzo a extrañar de veras Buenos Aires. Con la adrenalina del trayecto, no me creo que lo deje 48 horas atrás. No me creo haberlo abandonado ya, hasta no sé cuándo, pero no tarde.

Bruno y yo conversamos entretenidísimos, me cuenta su situación...el muy hijo de puta no me había anunciado que en 4 meses será padre. Me habla de su familia, su ciudad, su infancia en ella... Le resumo mi vertiginoso año en Capital. Nos retiramos al centro, aparece Germán, que vive bien lejos. Abrazos. Entre risas y una jovial conversación, me invitan a una parrilla para chuparse los dedos. Como es tradición, 3 hombres en complicidad con parrilla y vino pueden dar miedo morfando y conversando. Al fernet invito yo. En una terraza de le explosiva zona de moda de joda en Mendoza, proseguimos la divertidísima conversación, historias de mis viajes, historias de sus giras, anécdotas de infancia...proyecciones de futuro. Nos bajamos una botella. Por supuesto, el cuerpo ya no me responde, tras pedalear, comer, tomar, comer, tomar, y nunca dormir. Pero me lo aguanto hasta las 2 que nos dan, con estos tipos la diversión está asegurada. Es confortante tener gente en la ruta que visitar, con quienes pasar el tiempo agradablemente. Apuestas seguras, que siempre estarán allá, y pronto de visita en Europa, en Buenos Aires, y quién sabe. Me dejan en el hostel, y yo, más empachado y agotado que nunca, destrozo la cama en un dormitorio para nueve pero vacío.

Renuncié visitar San Rafael, tendrá que esperar. Ya vi cañones que quitan el hipo, así que visito la ciudad y prosigo, tomo la decisión de seguir avanzando hacia la ruta chilena. Hoy dormiré en Uspallata. Camino apresurado por el centro, visito las plazas dispuestas en forma de "cinco de dado", una principal y cuatro dispuestas con simetría central respecto de la primera. La plaza España es impresionante, como recién sacado de Sevilla, adoquines cuidados con repetitivos escudos de los reinos de Granada, Castilla, León, Aragón, Navarra... Azul y blanco se mezclan con el cuidado verde de la vegetación en este cuadro de una manzana de dimensión, más calles. Murales de alicatado relatando historias de la mezcla de las etnias y las culturas hispánicas con las locales. Donaciones de las colectividades españolas en el exilio en la ciudad andina, relatos y esperanza de un futuro común de pacífica convivencia entre las dos civilizaciones, ya mezcladas. Donaciones de la época franquista, año 47 creo recordar. Hermosa plaza. Se me hace tarde.








Me apresuro, paso por el hostel, agarro las mochilas y salgo disparado a terminal. El peor trayecto del viaje fue en este bus. Informalidad, incompetencia, caro, mal trato...será la última vez que viaje solo en bus. La salida de Mendoza es hacia el sur, rodeamos la ciudad por el oeste, y enfilamos hacia el norte, quedan dos horas de constante ascenso hasta Uspallata.

Mendoza, hermosa ciudad, tranquila, excepto por cómo manejan y se accidentan los locales. Sería lindo vivir acá, aunque tengo mis paisajes idílicos en la Patagonia Norte, por ahora. Me despido, la ciudad a mi derecha, la cordillera a mi izquierda, mientras el bus asciende, rugiendo por el esfuerzo del motor. Ya la gente habla más chileno que porteño. Consideraremos Mendoza una simple parada de lo que está siendo, desde ya mismo, un viaje mayúsculo.

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