Tras una semana y media de no parar entre universidad y conocer nuevos ámbitos de la ciudad, preparando parciales y descubriendo rincones, se presta la oportunidad de realizar una incursión fuera del puerto del Buen Aire, allí, a provincia.
Nuestro compañero de departamento, Lucho, es posadeño (Posadas, capital de Misiones), y hace un mes que mi otra compañera de depto., Sonia, la italiana semi yankee, y yo, hablamos de acompañarle en Pascuas para cuando visitara a su familia. No es culpa mía que los viajes y los exámenes se amontonen, y que el Papa deciciera poner la fiesta sagrada justo cuando yo pensaba viajar y tener exámenes...
El caso es que los últimos días antes de salir fueron locos preparando uno de los exámenes y el siguiente viaje, pero eso es otra historia, Pablo.
El miércoles por la noche, descubrimos una estación de Retiro a reventar, no se podía caminar por las dársenas. Todo el mundo huía de la urbe para aprovechar estos días de fin de semana largo. Ingresamos en nuestro ómnibus, que bien caro nos ha costado este trayecto, parando en tooodos los sitios habidos y por haber, intermedios. Tengo la plaza del piso de arriba, delante del todo. Por lo que veo todo el recorrido, siento un gélido hilo de aire en mi cara todo el viaje, que no ayuda a dormir, y veo la muerte delante de mí por tres veces, más o menos. Pero supongo que es normal. Amanece y puede verse cómo el paisaje cambió tras 10 horas de viaje. Aún nos quedan 5, vamos con retraso, pero pasamos pueblito por pueblito, siempre por caminos de tierra rojiza, entre un bosque que cada vez es más selvático y tropical, tupido y no siempre penetrable.
Llegamos a Posadas y surge la oportunidad de partir inmediatamente. Sonia y yo despedimos a Lucho y nos vamos por nuestra cuenta. En una hora nos plantamos en San Ignacio Miní, y ahora es cuando explico por qué esta zona del mundo no tiene sólo las cataratas de Iguazú.
En medio de toda la colonización española, y de ese tira y afloja con las colonias portuguesas, surgió, de la mano de la comunidad jesuita, uno de los fenómenos sociales históricos más interesantes jamás habidos. Los jesuitas llegan a este territorio a principios del siglo XVII. Originalmente habitado por pueblos indígenas, mayoritariamente de la etnia guaraní (hoy presentes en territorio principalmente paraguayo), los jesuitas llegaron, parece ser, de una forma muy diferente a como lo hicieron el resto de españoles. Se asentaron en lo que llamarían "reducciones" con la finalidad de evangelizar, pero fundaron estas misiones que consistían en pequeñas estructuras urbanas en las que la vida se organizó de una forma sorprendente. Alfabetizaron a la población y trajeron la escolarización para la población infantil. Organizaron el trazado de calles, con la plaza y la iglesia como centros, el plan de cultivos y la división del trabajo. En las misiones jesuíticas se gozó de una prosperidad que llevaría envidia incluso a las burguesías asentadas en los virreinatos españoles. Los jesuitas respetaron buena parte de las costumbres originarias, aquellas que eran compatibles con el credo católico. La población se convirtió al catolicismo, pero se mantuvo una mezcla de ritos y de credos, así como las costumbres lingüísticas, del trabajo, los cultivos, la artesanía, por no hablar del milagro de la música guaraní, coros de niños guaraníes creando cánticos religiosos y los instrumentos ya existentes que también fueron desarrollados. Se observa también cómo las construcciones padecen ese eclecticismo propio de un encuentro de técnicas constructivas diferentes.
En definitiva, se trató de un experimento social que más tarde fue calificado como utópico, el triunfo de la humanidad, la perfección en la sociedad, el igualitarismo real y el comunismo en la práctica. Lástima que no sean conocidas, ni que su historia sea famosa y enseñe como ejemplo de autogestión y concordia interna. Parecería que defiendo esta, la que no es más que otra cara del colonialismo, pero lo que realmente destaco es que los jesuitas y posteriormente, la comunidad guaraní y cristiana allí habitando, fueron con mucho adelantados a su tiempo.
Más lástima es que todo lo bueno tiene un fin. Las causas: las presiones y recelos de la corona española frente a las prácticas jesuitas, que se distanciaban del salvajismo colonial, la ulterior expulsión de las autoridades jesuitas de la zona, y también las incursiones de bandoleiros originarios brasileños para secuestrar niños y mujeres como esclavos para vender, sumando a esos ataques los destrozos e incendios ocasionados, sumieron a las comunidades en una desolación propia de una sociedad en decadencia. Carlos III se encargó de que los jesuitas abandonaran esos planes que llevaban siglo y medio funcionando, y en 1769, si no me equivoco, cayó la última misión jesuítica. Las comunidades originarias quedaron indefensas y el 90% se mudó y movilizó a otras zonas más resguardadas del territorio y las amenazas brasileños. Finalizó así una época de prosperidad en que el ser humano creyó alcanzar la perfección social y la esperanza de vida eterna.
De las 30 reducciones, hoy en día son del orden de 15 las que quedan en pie sobre suelo guaraní. Son 4 las que están en buen estado en territorio argentino, y dos las que pueden observarse más o menos decentemente en territorio paraguayo. Muchas misiones fueron destruidas tras el abandono de los jesuitas.
Nosotros sólo pudimos disfrutar de la visita a San Ignacio Miní, con diferencia la mejor conservada, que está en un pueblito tranquilo y que no da para el turismo, pero los lugareños hacen lo que pueden. Pleno de pobreza y desigualdad, puede observarse cómo los turistas, nosotros, sí, nosotros, esa especie que necesita de pesticida para desaparecer como haría una plaga, propicia esos escenarios de desigualdad brutal entre el visitante y el lugareño, el niño descalzo y el anciano guiri con funda para el celular atada al cinturón, entre el ciego o la mamá artesana e incluso, por qué no, el joven mochilero que "sólo está de paso". Podrá notarse que no hay mucho de orgullo ni honra en mis palabras. Nosotros alimentamos esto, porque, nos guste o no, lo sepamos o no, nosotros lo creamos.
El caso es que habiendo visitado las ruinas, espectaculares a pesar de estar sólo más o menos bien conservadas, no hay mucho más que hacer para el poco tiempo que queda, y a la noche Sonia y yo nos tomamos un bondi directo a Puerto Iguazú, la entrada a las cataratas de Iguazú desde el lado argentino, sin saber qué nos depararía esa zona a 4 horas de colectivo (ni tampoco dónde íbamos a dormir). El día había sido agradable, muy húmedo y pesado, de iniciación de viaje. Llevábamos casi 24 horas viajando sin parar y la sensación nómada comenzaba a notarse.
Llegada a San Ignacio. Paisaje.
Con mi amiga Clara en su mochila, ahí metidita ;)
Huellas de niño en lodo seco, de siglos atrás.
Esquema urbano original de la reducción
Entrada a la antigua plaza central. Restos de la iglesia al fondo.
Plaza central
Iglesia, entrada
Iglesia, entrada, detalle del pórtico
Resto de la misión, arquitectura.
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