Con diferencia, la noche que mejor dormimos Pablo y yo fue esta, junto con la de Ushuaia. Tras 4 días de ruta sin parar, sin baños, duchas, colchones ni mantas no techo, un hostal con calefacción y sábanas nos recarga las pilas, incluso tras el agotador día de ascenso a la montaña que ayer tuvimos.
Pero el viento de anoche vaticinaba un cambio de tiempo, además de amenazar con volcar a Darwinito, que descansa por dos días tras la paliza de 1500 km que le hemos metido en estos días. En efecto, amanece nublado, muy ventoso y chispeando. Por supuesto, los picos no se ven. No va a ser un día para hacer esa excursión de once horas que habíamos planeado. No va a haber vistas lindas, ni tampoco será agradable el senderismo con lluvia en la cara y humedad que se te mete por los huesos.
Así que decidimos ir al mencionado punto de información del senderista, super bien documentado, con guardas con experiencia y amables que dan muy buenos consejos, además de facilitarte coordenadas y pronóstico del tiempo. Allí nos confirman el mal estado ambiental para el día de hoy, pero que "por ahí a partir de mediodía zafa...". Recorremos el edificio por dentro, la historia de los ascensos a El Chaltén, y sus intentos frustrados, y nos ponen una película de una hora sobre los hermanos Pou (que Pablo ya había visto): dos hermanos de Euskadi, referentes de la escalada mundial, que igual que otros picos, se sientieron desafiados por El Chaltén. Lo intentaron cuatro veces en su primera estancia aquí. No consiguieron coronar la cumbre. Tuvieron que regresar a la Argentina años más tarde, en verano, para conseguirlo finalmente. Además en el vídeo salía una chocolatería de este pueblito regentada por vascos, que tenía una pinta deliciosa, pero que no pudimos encontrar...una pena.

El caso es que, cansados de no hacer nada, habíamos ido antes de la peli a conocer el salto de agua situado a 3 km. del pueblito, por aquello de hacer algo. Lindo de ver, bastantes metros de caída, pero tras ver estos paisajes en los últimos días (o haber estado en Iguazú diez días atrás), la impresión, tristemente cierto, no es la misma. Nos bajamos unos "gordos" sandwiches de salame de no sé qué, bajamos el hambre pero yo sigo con las galletas.
Tras la peli nos confirman que el tiempo no va a empeorar, así que nos decidimos por la excursión de la laguna Torre, a los pies del cerro Torre, que no se verá. Son 4 horas por trayecto, y son las 2.30 de la tarde...pero como somos unos hombretones, nos ponemos a ello, tarde como siempre. Le metemos pilas...y ascendemos por el norte del pueblito adentrándonos en los bosques, entre senderos. Todos los senderistas que nos cruzamos están regresando...en 4 horas será de noche, pero vamos con ritmo fuerte!
Eso sí, a veces hay que recargar las pilas, y nos hemos propuesto una velocidad de caminar alta. El agua sigue siendo potable, y nosotros seguimos siendo animales, ¿o no?
Hacemos el trayecto en dos horas y media, y tras un acusado cambio de rasante se descubre, rodeado de montañas y caídas, la espectacular laguna Torre, con su glaciar en el otro extremo, y el invisible cerro Torre que lo corona allá arriba, al otro lado de la laguna. Hemos llegado pelados de tiempo y no podemos entretenernos mucho.
- 5 ó 10 minutos para descansar y contemplar, y partimos!
- Dale (bueno, y también: porqué no seguimos hacia esa ladera... Nah, ni en pedo, nos quedaríamos perdidos)
Entonces nos quedamos relajados, y bajo hasta la orilla de la laguna. El silencio es sepulcral, estamos en un pronunciado valle, rodeado de picos, estamos escondidos entre olas y pequeños icebergs, y el glaciar de enfrente se muestra imponente y esconde detrás el campo de hielo que recorre esa patagonia transandina de sur a norte. Hop, hop, y en unos saltos estoy sobre rocas rodeado de agua. Yo siempre con esa curiosidad de adentrar más.
Entonces Pablo, que había quedado atrás sin yo saber qué hacía, me sorprende y me toma la que podría ser la mejor foto del viaje, en exceso sobrecogedora y que expresa muy bien lo especial, inmenso, vacío y silencioso del lugar...
(Al día siguiente, yo le haría a él una foto de tamaña calidad, como recompensa)
Seguimos dándole a las fotos, poco antes de irnos, y la verdad que no hay mucho que decir. Seguimos el silencio de este lugar, permanecemos atónitos mirando, costumbre ya adquirida durante este viaje.
Ahora te toca a vos, Pablo, salir.
Acá el glaciar, modesto comparado con otros, pero es el tercero que veo en mi vida y en 2 días!
También es estable, avanza y cae el frente, despide pequeños glaciares que van flotando hasta la orilla opuesta. Hace un frío intenso y húmedo, y nosotros vamos perdiendo el calor del caminar, nos quedamos fríos.
Yo no podía irme sin probar a agarrar y levantar uno de esos, que realmente sí que pesan (y están muy muy fríos...sí, ya sé que lo parecen, y que soy un boludo).
Se nos va a hacer de noche antes de alcanzar El Chaltén de vuelta, y tenemos que partir. Son las 17 horas. Vamos MUY justos. Durante el regreso, que serían esas cuatro horas, no hablamos casi nada. Le metemos más pilas aún, el camino de vuelta puede no ser nada lindo de noche. Y no hablamos y sí corremos, durante una buena porción de la vuelta. Ya estamos "chivando" como chanchos pero es lo que hay, y es un buen ejercicio, además de porque nos lo merecemos porque se nos hizo tarde. Avanzamos tan rápido que en algún momento si nos tropezamos nos matamos, pero venimos muy entrenados de situaciones parecidas y corremos con mucha agilidad, hasta que vemos que nos quedan unos 30 minutos de caminar, tras haber corrido una hora... (pero no era una ruta para hacer en cuatro horas!?)
Vale, no nos queda nada, ¡pero cada vez vemos menos! Un momento de tensión fue, tras el tercer conejo divisado (siempre por piloto ojo de águila) el cuarto pareció más grandote, por no decir un puma, era casi de noche y no había nadie en un par de kilómetros. Apretá el culito y caminá, que sea lo que sea. "Quizás fuera un conejo", buscamos pensar a los minutos...
Nos confundimos de camino al llegar, y entramos a El Chaltén por otra senda, pero por lo menos ya se ven luces. Hemos corrido una barbaridad y transpirado más.
- ¿Alguna vez te han salvado la vida?
Pues con esas temáticas entramos en el pueblo más o menos por donde salimos, compramos lo justo de provisiones para esa noche, y llegamos al hostal. Eso sí, cordialmente le pido la mochila a Pablo, porque pesa...pero no! se la pido para aparentar que la llevé yo todo el viaje, no te jode!
Pasta, puré de patatas a lo gordo, dos cervezas tostadas y dos yankees para conversar de lo poco interesante que se puede. La griega pa ti, yo mañana conoceré al amor de mi vida con la excusa del árabe, así que, para qué esforzarse.
Nos subimos a charlar con más gente, un yankee-japo, el chabón fueguino de ayer, y dos catalanes que nada nos aportan. El murciano arruga en cuanto las gringas se van al catre, aunque es verdad que estábamos agotados. Por alguna razón yo me quedo dos horas charlando en lunfardo, inglés y si acaso catalán, pero nada de castellano español. Nos bajamos las cervezas, friego los platos y toca despedirse. Mañana quizás haga buen tiempo, podamos ir a la laguna de los Tres, el mirador del Fitz Roy, quién sabe si ascender hacia él. Ah, y mañana a la tarde tomamos un largo vuelo, primero de retroceso, hasta Buenos Aires.
Llego a la habitación y con sumo respeto, ordeno y me meto a sobar. Pablo ya duerme hace rato y bajo nosotros, en las literas, dos tipas que ni conocemos, ni conoceremos, sólo sus mochilas, sus caras y sus ronquidos en la oscuridad...