domingo, 12 de junio de 2011

"Calica"

18 de mayo. Comienza la acampada de Democracia Real Ya - Buenos Aires. Mismo procedimiento que en el resto del mundo: dormimos 15 personas a la intemperie la primera noche. A día de hoy, ya hay todo un asentamiento con el mayor detalle de infraestructura. Un compañero veterano y curtido, gallego-argentino, se une como uno más a nosotros. Apenas dormimos aquella noche, había demasiado que hablar. Me suelta en una ocasión de aquella noche:
  • Yo conozco a Calica Ferrer...
  • Me estás jodiendo!
  • Sí, sí...si quieres lo vamos a ver, que vive acá no más, a 10 cuadras de la embajada.
  • Dale!
Lo llamamos, y quedamos en una visita. Aquel día no pudo ser, al fin de semana tampoco... Y seguimos esperando a que el viejito, sensible al mal clima que tardíamente nos había traído este otoño entrado, nos haga una visita a la acampada, para mostrar apoyo, y para que locos como el menda, apasionados, lo conozcamos.

Pasan casi 4 semanas, y varias falsas alarmas, una larga espera, mientras cada uno hacía su vida en la ciudad y fuera de ella.

11 de junio. Regreso a capital desde La Plata, casi sin dormir pero bien fresco y con determinación a seguir adelante con todo lo que queda por hacer este cuatrimestre. Llamo al compañero:
  • Está confirmado para hoy, a las 16 – me dice.
  • Allí estaré, - confirmo.
Apenas tengo tiempo de pasar por casa. Almuerzo rápido, hago una mochila, y agarro mi bici, mi mejor amiga últimamente (aunque ya me traicionó varias veces...será porque no le puse nombre todavía, como hicimos con Darwinito, que tan bien se portó). En 15 minutos he atravesado casi media ciudad, unas 40 cuadras. Los sábados, y los domingos más aún, las bicis mandamos en la urbe. Arribo y encuentro al viejito, con el compañero.

Carlos “Calica” Ferrer fue compañero de la infancia y la adolescencia de Ernesto Guevara, en Alta Gracia (Córdoba, Argentina). Calica no pudo subirse a la Poderosa II, pues sólo había sitio para dos. Así, cuando Ernesto vuelve de su viaje con Granado, aquél se matricula de las 13 asignaturas que le faltan para ser médico, y le dice a Calica que vaya preparando el viaje. Él no le cree, pero en 6 meses Ernesto se planta en su puerta con su título de médico: “¡Viste, pelotudo! ¡Tomá! Nos vamos.” Entonces Ernesto y Carlos dejarían Buenos Aires juntos, y Ernesto nunca volvería.

Así se convirtió Calica en el compañero del segundo viaje famoso del Che por Latinoamérica. Este viaje no fue llevado al cine, y de igual forma, tampoco se conocen otros viajes de Ernesto previos al primero: con una bicicleta a motor por el norte argentino, solo; y en barco al Caribe para colaborar como enfermero, pero sucedía que pasaba más tiempo en el barco que haciendo algo útil sobre terreno.

Aquel viaje comenzó en la capital argentina, atravesó Bolivia en en mitad de una revolución, la de julio de 1953, cruzó Perú por menos tiempo que aquella primera vez, y se detuvieron en Quito. Se unieron con más compañeros, y mientras Calica esperaba noticias de Ernesto desde Guayaquil, para seguir de viaje hacia Venezuela, los planes cambiaron varias veces, mediante comunicaciones por telégrafos que iban llegando. Las vueltas que da la vida, Calica se quedó jugando al fútbol y de joda entre Ecuador y Venezuela (“era lateral, pero con proyección hacia arriba...yo era muy rápido”), y Ernesto continuó para atravesar centroamérica, hasta llegar a México DF. Aquel segundo viaje terminó en Cuba... Calica no vio nunca más a Ernesto.

Me presentan al viejito. “Este quería tocarte el timbre para conocerte!”, le cuentan, señalándome. “Un gusto”. Nos sentamos a hablar. Hace cinco minutos que hablan sobre el asma. Observo la conversación, entre carpas, palés, y la embajada española como escenario.
Gástenlo, que para eso lo traje”, bromea el compañero. Comienzan a lloverle preguntas a Calica, a quien ya le falla el oído.

Le muestro mi libro, el que escribió Ernesto al final de su viaje. Sonríe, va al apartado de fotos, señala una con Gualo: “acá debería estar yo”, “esta otra foto la tomé yo”, etc. Hace ya 58 años de aquello.

Comenzamos a charlar intensamente, todos en grupo, 15 personas escuchándole. Por un momento parece que hay un diálogo entre el viejito y yo, que no es pretensión. Su padre (pediatra de Ernesto), la juventud en Alta Gracia, y la infancia desde los 4 años, Manuel de Falla en casa de los Guevara, a quien los pibes le afanaban la fruta. Ernesto siguiendo con mapas la guerra civil española, más otras travesuras de niño. “Fuser” (“Furibundo Serna”, aclara), “Chancho”, eran sus apodos. Cómo Celia sonreía triunfal cuando conseguía que su hijo se bañara, tras días intentando obligarlo: Ernesto estaba sentado en el baño leyendo, mientras el agua corría para simular que se estaba duchando. Hablamos de Granado, fallecido hace 3 meses: “un tipo excelente...me quise morir de pena cuando me enteré, no me lo podía creer”. Le muestro mi recorte de la noticia de su reciente muerte. “Ese hacía de todo. Menos fumar, tenía todos los vicios”.

  • ¿Vos querías viajar en la Poderosa? -, le pregunto.
  • ¡Y sí! No sabés la bronca que me dio no poder unirme...pero claro, ahí sólo cabían dos. Además, aquello era una locura: llevaron cacerolas, parrilla, frazadas...incluso el perrito de Chichina...cuando se cayeron la primera vez de la moto, Granado descubrió al animal que clandestinamente Ernesto portaba...casi lo mata. Menos mal que luego Ernesto me llamó para su segundo viaje. Eso lo cuento en uno de mis libros.

Seguimos repasando anécdotas, grabamos la conversación. Que si el puma, que si Arbenz, que si los amigos de ecuador, que si el inhalador, que si el visado para entrar en Venezuela, que si... Anécdotas del primario, del secundario...

Y nos habla de Ernesto, del de carne y hueso. “¿Qué nos podés contar de él?” “Que era una persona como cualquiera de ustedes, de carne y hueso”.

Habla de cómo una persona fue válida “por decir lo que pensaba, y hacer lo que decía”. Nos deshacemos de mitos y falsedades. Nos cuenta las penurias del viaje. Y cómo se separaron. Y cómo Ernesto le invito a él, igual que hizo con Granado, a unírsele en La Habana. “Pero yo estaba de joda por Venezuela...qué me iba a interesar a mí una revolución, su reforma...”.

Cuando el Granma desembarcó en Cuba, lo dimos por muerto durante semanas. ¿Vos sabés lo que fue hacerle el aguante a los Guevara? Recuerdo darle el pésame a Celia (una mujer excepcional, por cierto), apenas podiía tragar saliva.”

Ernesto escribía cartas así (un dedo de grosor), a mí las que me escribía siempre eran de muchas hojas. Yo mantuve contacto con él mientras estuvo en Cuba, pero él apenas tenía tiempo. Laburaba 20 horas diarias, y viajaba constantemente a todos los países.”

Tardé tiempo en convencerme de que había muerto. Yo no lo podía creer. No lo tuve claro hasta que lo hizo oficial Fidel. Cuando vi su foto muerto, no lo reconocí. Yo no sabía que fue a Bolivia.”
Yo estuve allí, en La Higuera. Fue duro ir. Cada una de las 300 personas que viven en el pueblito tiene una historia de Ernesto y sus compañeros de lucha. Y todas ellas son buenas, de admiración”

Evo tiene en su despacho una foto muy simbólica que yo le regalé hace poco, de cuando Ernesto y yo estuvimos en las revueltas mineras en Bolivia. La conserva en su escritorio.”

La conversación parece que va a ser interminable, pero Calica comienza a tener frío, ya ha anochecido prácticamente. Nuestras miradas absortas, y nuestros oídos atentos, salen del limbo, y la charla se vuelve más ligera, previa a la despedida. “¿Podría dejarme un recuerdo del día de hoy en mi libro, por favor?”. El tipo escribe: “Para Alejandro, con un fuerte abrazo guevariano. Calica Ferrer. Bs As 11.06.11”. El tipo no ha parado de dirigirse a mí, le he sacado la puntilla y el detalle a muchas de sus anécdotas, nos hemos reído, le he preguntado mucho, y me he llenado de realismo. Esta historia ha dejado de ser una película de ciencia ficción.

  • Marcho para Villazón, como hicieran ustedes hace tantos años - le comento.
  • Mirá vos! ¿Y hacia dónde vas?
  • Viajo hasta Lima, me reúno allí con mi familia. Pero antes conoceré Bolivia.
  • Ah, qué bueno... Qué gran lugar...

Llega el momento de despedirnos de verdad, yo también he de irme, a otra reunión, a otra lucha.
Compañero, un gusto conocerte, y que te vaya bien por tierras peruanas.” - me despide.
Gracias, un gusto, y gracias por este rato agradable e interesantísimo”.

Los pelos están todavía de punta... pero ahora, ahora lo mejor está por llegar.

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