viernes, 3 de junio de 2011

Diarios de Darwinito: día 5: por la Patagonia hasta los Glaciares

2 de mayo, fecha siempre memorable. Pasarían unas horas, o unos días, para darnos cuenta de que, aquella noche, del 1 al 2 de mayo, habíamos tocado fondo. Nos metimos en el saco físicamente destrozados. Y el viento, una vez más, no perdonó. Toda la noche produciendo un estruendo sobre nuestras cabezas, al agitar la carpa. Amanecemos en el costado de Cerro Castillo, pueblito cementerio durante estas 8 horas que lo visitamos. A unos metros, una valla que, si la saltas, creo que entras en una tierra de nadie, una franja entre estos dos estados ficticiamente divididos por la cordillera. ¡Pero hagámoslo por la legal, che!


Pienso. Pablo, chavón, estamos en la mierda, jodidos de frío, apenas hay claros en el horizonte, el viento no perdona y en 10 minutos abren la frontera, a las 8 AM; salgamos de aquí pero ya! Además, al otro lado de la frontera podremos poner gasolina y meternos algo en el buche, algo mejor que la mierda de sandwich que anoche nos comimos a la desesperada.



Empacamos, y el señor firmante del alquiler de Darwinito agarra el volante camino de vuelta al país del alfajor (acá al ladito no más). Tres calles y encontramos la salida de Chile. Cola de coches, todos haciendo los trámites.
- ¿Llevan fiambres, frutas o verduras?
- Noooooo (ojalá...más quisiéramos!)
Por alguna razón, terminamos el frío y nada agradable trámite con las autoridades chilenas los últimos, pero llegamos a la entrada argentina, 5km al este, los primeros. Acá las están pasando canutas. Somos los primeros pibes en visitar a estos funcionarios. Tres huachines en una chocita,se quedaron sin corriente eléctrica, sin luz. Todavía ni aclaró. Entramos y Pablo se los mete en el bolsillo con su frontal (ver "lucecita para tontitos" en foto superior), gracias al cual nos pueden sellar pasaportes a los 3 (Darwinito también viaja documentado...¿o qué creían?). Suena una radio a pilas, en este rincón del mundo. Linkin Park, "Waiting for the end", mientras nos plasman los visados (bastante lindos, por cierto). Mi cabeza, que vuela...

Por cierto, aquí sí que se confirmó que nos olvidamos de un cierto trámite al salir de Argentina hace 2 días...qué boludos que somos. Pero como los funcionarios están apurados, como que nos perdonan. Ya llega la horda de coches que dejamos atrás, y acá el menda tiene el honor de abrir con sus propias manos la frontera (a petición de las autoridades): una cadenita de mierda que dejo en el piso, me meto en el coche, y tiramos millas. 

En unos kilómetros volvemos al asfalto, a un amanecer precioso en mitad de una carretera absolutamente vacía, al infinito patagónico de este lado blanquiazul. Los ánimos nos suben, enfilamos una ruta hacia El Calafate, pero haríamos una ligera vuelta. Hacía 20 minutos que charlábamos por inercia como días atrás, bromeábamos, y el piloto manejaba. Mucho viento como siempre, así que agarrar el volante fuerte. Muy relajados estábamos, mirando mapa y preparándonos para el Parque Nacional los Glaciares Sur.

Varias son las señales en estas rutas que buscan concientizar a los conductores de asistir a los averiados y accidentados en carretera. Y vamos nosotros y nos encontramos un cochecito en el arcén. Echa humo del motor. "- Paramos? - Sí, acá delante de ellos". Una familia de 5: señor, señora, un pendejo (adolescente) y dos nenes. Se les ha quemado la goma de una bujía, algún cortocircuito. Esto no arranca ni p'atrás. No sabemos qué ayuda ofrecerles. El hombre, con un chándal de R. Madrid, incluso intenta engancharle una soga a nuestro Darwinito...qué loco. Por supuesto que la soga no sirve. De última recurren a que nos llevemos a los dos niños y a la señora, y en La Esperanza, próximo pueblito, avisemos a los padres de ella, que por suerte viven allí. Nos despedimos de padre y pendejo, que quedan abandonados en la carretera. Restan 50 km hasta La Esperanza, perdida en el interior de la Patagonia. Y la estación de servicio más cercana.

En el trayecto los niños se soban, y hablamos con la madre acerca de la situación de la zona. Van hacia Río Gallegos, la capital de Santa Cruz; han de operar próximamente a su hija. Dista 500 km de Río Turbio, que junto a 28 de Noviembre son las dos ciudades que hace décadas están allí instaladas de cara a la mina de carbón. Tiempo atrás, las condiciones eran pésimas. También hubo un accidente en los 90, murieron muchos mineros. Por lo que cuenta, desde entonces cuidan mucho esas condiciones laborables, y no se vive mal en esas ciudades. Su marido, en este caso, es sólo conductor de colectivos, para la mina. Esas ciudades las dejamos atrás, o mejor dicho, las bordeamos por fuera, cuando recorríamos la patagonia chilena.

Llegamos a La Esperanza. Decidimos tomar algo en el café de los padres de ella. El pequeño ya se despertó, y desayunamos con él en una mesa, mientras la abuela, madre, hija y cuñada lo hacen en la contigua. El padre salió con la furgoneta a ayudar a su yerno. Hay una maravillosa chimenea, y desayunamos rico y calentito, bien dulce. Comienzo a ganarme el apodo de "Gorda", qué injusto es el mundo...estaba pasando hambre! Alan, el pendejito este, se caga de risa con nosotros. Pierde la timidez a cada minuto que pasa. Nos pregunta muchas cosas... "Yo soy el que construye los aviones, y él el que los hace volar..." le contesto, para calmar su curiosidad. Madrid y Barça, el cole, qué ha ido a hacer Pablo al baño, y diversas conversaciones tan infantiles como intrascendentes y divertidas. La tele berrea, volvemos a la realidad: notición amarillo, impreciso, incompleto... mataron al líder del terrorismo internacional, ayer. Qué mala es esta información... "La que se va a liar", comentamos ambos. No, no sabemos absolutamente nada. Es angustioso, muy angustioso, pensar, saber, que cuando ya no estemos tan incomunicados...no sabremos mucho más.





Debemos proseguir. "Un gusto señora, mil gracias!". Nos invitan al desayuno. "No por nada, ustedes trajeron a mi hija y a mis nietos, gracias a ustedes". Alan se sigue cagando de risa por alguna razón. "Un abrazo, Alan, nos vamos!". Nos despedimos. Y el tipo vuelve a salir de la casa, y Pablo se vuelve a despedir de él.

A falta de esas australianas en tanga haciendo auto-stop que hubiéramos imaginado y preferido, este ha sido nuestro mayor contacto con la población hasta ahora (tampoco hay mucha población, que digamos). Enfilamos hacia la estación, llenamos combustible a precio argentino, y tiramos para el Calafate.

Atrás, La Esperanza.



Si algo sorprende de este lugar del globo, es lo numerosísimos que son los lagos. Lagos, grandes, pequeños, y enormes. Lagunas. En mitad de una pampita, o de la sierra, o a orillas de un glaciar. Grises, verdes, azules, turquesas, plateados, plomizos, o muchas mezclas. Entre esos parajes amarillos, pajizos, y conejos y guanacos que se apartan de la ruta, tardamos una hora y media en llegar hasta El Calafate. Ciudad nada interesante, al servicio del turismo internacional para ver los glaciares. Nos proveemos de muuucha comida, ahora sí, y nos informamos sobre cuántos hostels ya están cerrados por terminar recientemente la temporada alta.

En media hora de bella travesía bordeando el sur del inmenso Lago Argentino, llegamos al desvío, Península de Magallanes, también la bordeamos por el sur. Entramos al parque natural, con precios algo xenófobos, diríamos. Seguimos bordeando esta península, y al final de este brazo del lago, tras atravesar otro colorido bosque, el glaciar Perito Moreno se hacía esperar...hasta que lo vimos, y nos tuvimos que callar, o gritar, qué sé yo. Al fondo, se iba acercando.

Lo veíamos majestuoso, inmenso, escalando hasta el infinito de la cordillera.
Para acercarnos más, elegimos, a lo gordo, unos sandwiches de palta, tomate, queso, embutido...y nos vamos al mirador. Pablo ya vio glaciares antes, yo no. Nuestra perplejidad es similar. Nos llevamos las manos a la cabeza, no hay mucho que decir, sólo obvias impresiones de grandeza. Se respira aire gélido, el viento viene directo del glaciar.



Son muchas, muchas, las cosas que comentar de esta tarde monotemática, aunque nada aburrida. Pasaremos 4 horas admirando el glaciar, juntos, separados, hablando, en silencio, a medida que el día evoluciona y, con él, el clima, la luz, el espectáculo.



Podemos compartir las fotos. Podemos sugerir buscar videos sobre desprendimientos. Pero es difícil describir el sonido de este glaciar. Es de los pocos en el mundo estable, que no retrocede, sino que avanza, a razón de 1 ó 2 metros por día. Esta lengua de hielo agrietada pero compacta, viene desde 30 kilómetros a lo lejos, allá arriba, en el campo de hielo que muy pocos han presenciado. Este gigante de la era glacial constituye, junto con sus compañeros de la zona y el campo de hielo, una de las mayores reservas de agua dulce del planeta. Sí, sí, esa que va a justificar la tercera guerra mundial, o la cuarta. Oro puro, que nadie lo olvide.



Tiene, además de esos 30 km de largo, unos 6 km de ancho, y alzanca los 60 u 80 metros de alto. Ahora el sol brilla, siempre por el norte, y su reflejo sobre el glaciar - y sobre el lago, que no es para menos- produce un espectáculo concreto, diferente de otras luces. También impresionan los bosques que rodean al glaciar, que establecen un marco que enriquece el cuadro ante el que nos encontramos.






El espectáculo de luz es apasionante. El glaciar despide azules, blancos con tonalidades diversas apreciables, grises, manchas de tierra en el frente. Literalmente deslumbra.

Pero lo más impresionante es sentarse a escucharlo. Con los ojos cerrados, incluso.






Vamos disfrutando del cambio de luz, que puede apreciarse en las fotografías. El sol avanza desde que llegamos a las 14hs, y las nubes hacen el resto. Sopla un viento frío del carajo.





Los desprendimientos son otro tema. Son tantas las ocasiones que escuchamos un estruendo, y que conseguimos asociar torpemente una dirección de procedencia. Algunas veces, no los vemos. Otras, llegamos tarde, y observamos la ola que provocó. Otras pocas, se da la suerte de que un bloque de toneladas de hielo se desprendió del frente en la dirección en la que mirábamos. Nos alteramos, nos agarramos emocionados, y antes de gritar WOOO dejamos que el espectáculo termine, en silencio, y que el estruendo vaya y venga en un eco por todo el valle. Pocas veces antes presenciamos algo tan majestuoso y titánico.


Además de los estruendos que llegan de a lo lejos, tanto o más sobrecogedor es escuchar el ruido casi continuo del glaciar. Cerrando los ojos o no, uno puede escuchar cómo, cada pocos segundos, se escucha un crujido, como si de un trueno se tratara, pero es un sonido plenamente sólido, que viene de algo que se ha roto, duro. Son rugidos que ponen la piel de gallina. El glaciar ruge y ruge, y cada vez pienso: algo muy grande se ha movido por ahí, aunque no hayamos visto nada. Metros detrás del frente, una grieta se ha creado de una forma naturalmente violenta. Es bastante espeluznante.

Y la luz sigue cambiando.



El espectáculo va tornando al gris, la tarde-noche acecha, pero nosotros seguimos encandilados, no nos aburrimos. Hay tiempo incluso para un pika.

La niebla, una nube, comienza a bajar desde los campos de hielo. Por minutos, avanza hacia nosotros, y va cubriendo el glaciar, que deja de recibir luz directa. Se intensifica el azul, el plateado y el gris. El azul...el azul es cada vez más intenso, y tiene que ver con la densidad del hielo, con el grado de compactación (hay siete fases de hielo posibles...). El lago se oscurece, y comienza a hacer un tiempo húmedo, pero no nos movemos. Nos hemos quedado solos en el parque.


Llegó la nube, y ahora es el sol el que nos va abandonando. La blancura apremia por todos lados ya, y se va transfromando en un gris lleno de azul, que sigue deslumbrando aunque la luz vaya decayendo. El espectáculo no se acabó todavía.





Seguimos entre estruendos, que nunca cesan. Nos gustaría pasar la noche aquí, por aquello de escuchar estos rugidos continuos y estos desprendimientos, que vamos dejando de ver, aunque oímos que siguen allí. El infinito delante nos va diciendo adiós, y se hace de noche. Hace poco que cambiamos ese silencio autoimpuesto por una conversación de lo más mística y divertida.




Ahora sí que no se ve nada. Rehacemos el camino por la pasarela. Al llegar al centro turístico, ese que ni habíamos pisado, nos estaban esperando. Lo surrealista es que hemos olvidado los faros de Darwinito prendidos, y los guardas, aparte de echarnos en cara que hace tiempo que debíamos haber salido, nos recriminan que alguien estaba tomando alcohol en el parque. Estamos muy desubicados, no entendemos nada, y el coche hace horas que chupa batería, y ellos ahí viéndolo, cerrado y abandonado... A Darwinito le cuesta arrancar...hemos llegado por los pelos a tiempo.

Chau chau a la idea de dormir en el parque, estos tipos ya nos vigilan. Tiramos millas, salimos del parque, y llevo a Pablo de paseo a Punta Bandera, en mitad de la noche, donde mañana podríamos tomar un barco para ver otros glaciares, como el Upsala. Pero enfilamos hacia El Calafate, y hoy dormiremos, por consenso, de vuelta en la carpa, a orillas del lago Argentino. No hay un alma en la carretera. Sólo conejos, muchos conejos, que por fin comienzo a detectarlos en la carretera (me costó lo mío).

Paramos, chequeamos un terreno, que sirve para defecar pero no para dormir. Seguimos y finalmente encontramos un huequito lindo resguardados de la carretera, pero no tanto del viento... espantamos unos cuantos conejos, barremos sus caquitas y soltamos la tienda detrás de Darwinito, que más bien nos haría recircular una corriente de aire que haría que esta noche sufriéramos más ruido por viento que ninguna anterior... Bueno, nada que no sepamos: montamos carpa, hacemos cena, escribimos, y al sobre.

Pero antes, para acompañar la cena, ese vino mendozino que hacía meses le había prometido a quien, a su vez, prometió venir a visitarme...

Dulces sueños y a roncar (además de verdad)

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