Es curioso cómo los viajes nunca salen como los planeas. Uno podría desistir de la preparación y la planificación (no así de la recabación previa de datos) ante la experiencia de la inutilidad de todo intento provisorio.
Uno arriba a un pueblo de montaña, y está lluvioso, o uno sube a un avión, y lo llaman de la cabina y recorre una de las rutas aéreas más espectaculares del globo en primera plana. Uno siente que su viaje termina en Calafate, y resulta que volará al fin del mundo una vez más, para aterrizar en cabina oootra vez en Ushuaia entre una tormenta de nieve que daba una trepidante sensación de la Guerra de las Galaxias, y contemplar lo que uno puede de la geografía nocturna (ya tuvimos la recompensa diurna). Uno se queda sin plata, o a uno le sobre (que no suele ser el caso). Ha de recurrir al ingenio, a la "audacia, audacia y audacia" (C. Cienfuegos) y ante todo no olvidar dónde está. Lo valioso del viaje son dos cosas, porque el viaje es uno mismo, y el viaje es la interacción con el entorno. La reacción ante lo visto, acontecido, testificado, experimentado. Sin diálogo interior y sin aprendizaje personal, el viaje queda vacío. Tiene que haber un progreso, un avance, ese aprendizaje que tiende a la convicción de una mente abierta y libre de prejuicios, pues para eso sirve el viaje, gran aspirina de los prejuicios y tópicos, positivos y negativos.
Pero ante todo, el verdadero viaje culmina o sirve a un fin, más allá de la formación personal, cuando nos entregamos al paisaje y a su sociedad. Discurrir entre las gentes y la naturaleza sin sentirse parte de ella no tiene sentido. ¿Cuánto tiempo habría de pasar para que nos sintiéramos parte del lugar? ¿Para que tratáramos de igual a igual a las personas locales, cuidáramos la infraestructura, el entorno natural, y lo sintiéramos como un hogar? ¿Más del que pudiéramos soportar, quizás?
La gran lacra de los viajes, hoy en día entendidos así por la sociedad occidental, es el hedonismo. La búsqueda del placer propio, que dicen los diccionarios. El discurrir por los lugares, con o sin admiración por lo presenciado, pero buscando el disfrute. El problema es que en la sociedad de consumo a la que hemos llegado, el disfrute sólo se entiende de una cierta manera. Pero el verdadero disfrute no es aquel que te hace sentir placer físico, ni siquiera tiene por qué ser aquel que te da dolor en la boca de tanto reír o sonreir. Precisamente, la clave del viaje es que la idiosincrasia local del disfrute es un elemento cultural más, que también cambia según la situación y las condiciones locales.
Hemos de readaptar el gozo y ese nuevo "placer" a los modos locales, a la psicología de masas, a la empatía con los pueblos, lejanos o no, diferentes en lo que difieran, e iguales en la condición humana.
Es por ello que el verdadero viajar ha de tener una utilidad en su fin último. Ese carpe diem que todos los forasteros sentimos sólo existe en ese instante y se disuelve en la eternidad si no reaccionamos ante lo vivido. Si no nos indignamos. Si no nos comprometemos.
Somos parte de este mundo tanto como este mundo es parte de nosotros.
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